Si faltaba algo en este nuevo escenario nacional caracterizado por la violencia, sucedió: el ataque a las embarazadas. El caso de Carolina Píparo no fue el único ya que el último miércoles fue atacada otra señora, con siete meses y medio de embarazo y ella generó en su comentario una pista que se puede verificar.

El hecho fue así, alguien la tomó del brazo, le apuntó disimuladamente con un revolver y le pidió la plata que llevaba consigo para conducirla luego a un cajero automático desde donde retiró su sueldo de 1300 pesos. Todo para el maleante.

En tanto estos hechos se suceden, se generan dudas y especulaciones. El primer interrogante es cómo saben que la persona tiene un dinero a cobrar. Y por ésto se supuso que hay empleados de banco comprometidos lo cual fue totalmente desmentido por quien atendió a Carolina Píparo.

Si esto pudiera corroborarse judicialmente la conclusión sería que la comunidad está ante hechos sumamente graves y con consecuencias sociales impensadas, algo que hasta hace poco no se conocía en el país.

El interrogante es por qué desde el gobierno no se hace algo para detener estas impiedades. Y antes que ello, por qué no se admite la existencia de esta situación que realmente agobia a los ciudadanos.

El tema lo conversamos con un colega quien dijo que se debería implantar una política de Estado que tenga como base el cumplimiento absoluto de la ley.

La gente común, la que trabaja todos los días para sostener sus necesidades y las de su familia, está confundida porque nunca se vivió algo así y porque por ello se ve obligada a tomar ciertos recaudos.

Tampoco se sabe hasta qué punto esos recaudos resguardarán a la persona porque la inventiva del delito es realmente sorprendente. El sólo hecho de valerse de las embarazadas para robar y para robarles a ellas está revelando a la comunidad no sólo un gran riesgo sino también una impiedad sin límites.

Hay una especie de cobardía en esa conducta y, como se ha dicho hace tiempo, la cobardía es la base de la crueldad y nadie puede negar en estos días el asombro que producen ciertos hechos delictivos llevados a cabo por adolescentes.

Éstos y otros acontecimientos que asombran y confunden a la gente común tienen que ver con un cambio que se está operando en la sociedad. Queda la impresión de que el sentido de autoridad ha cambiado y está pasando lo mismo con lo que se refiere al respeto por el otro.

Hay que estar atentos porque no es posible ideologizar las palabras cuando conviene y utilizarlas sin sentido en forma general. Más, todo ser humano que por su trabajo debe dirigirse al público debe hacerlo antes que nada con respeto. Y es el respeto al otro lo que impulsa la necesidad de decir la verdad.

Si todo aquel que tiene contacto dialéctico con la gente respetara la verdad, se abriría un camino de recomposición social nunca soñado aunque añorado cuando se trata de lo auténtico.

Hoy sabemos que el egoísmo, los móviles sórdidos y la rápida respuestas a propuestas no dignas han caracterizado a buena parte de la raza humana en distintos ciclos de la historia.

La verdad no está oculta detrás de los hechos sino revelada. Así ha sido demostrado por ejemplares vidas humanas de nuestro tiempo, personas que hicieron mucho por el ser humano aunque sean desconocidas u olvidadas. Pero existieron y existen y sus ejemplos dan ánimo para saber que finalmente triunfa lo correcto y lo correcto es lo que hay divulgar y enseñar desde la cátedra o grupos de acción de distinta índole.

Hay que ser personas en el sentido auténtico de la palabra para poder permanecer indiferente a todo aquello que atropella en cada intento (disimulado) de destrucción. La vida vale la pena y la Argentina, también.

En los argentinos siempre se ha valorado la solidaridad, por eso quienes vinieron a instalarse entre nosotros siempre afirmaron dos hechos, primero que la Argentina es hermosa, segundo que los argentinos son muy buenas personas.