Un viejo filósofo afirmaba que la mayoría de las desgracias del hombre las ocasiona el hombre. En circunstancias extremas de tensión, traición, angustia, o cuando las cosas no nos salen para nada bien, el instinto de echar culpas es dominador. Es que cuando el dolor que sufrimos nos supera, surge casi como el único alivio reconfortante. A veces el blanco de la culpa es evidente, pero en otras ocasiones no tanto, ya que la pérdida de objetivos necesita de chivos expiatorios.
En donde hay una cierta culpabilidad, la de echar culpas en las tragedias ocasionadas por el abandono, hambre o guerras, ciertamente fluye una culpa general. Ello se ve en la naturaleza misma de la humanidad cuando antepone un importante espíritu de supervivencia a las necesidades básicas. ¿No es triste acaso ver el hambre, pobreza extrema, desocupación, falta de expectativas para la mayoría, escasez de trabajo formal a escala planetaria, junto a un futuro inconcluso? Todavía se gastan fortunas y recursos naturales escasos en la adquisición de tecnologías, armas, lujos, máquinas o robots. Ya no es el mundo cosmológico naturalista de los antiguos, ni el mundo teocéntrico medieval, ni mucho menos el universo antropocéntrico moderno. Ahora subyace la idea del "’hombre tecnológico” posmoderno. Aquí yace la culpa general: "’en nosotros mismos”, cuando hacemos desde la pobre imaginación que las cosas sean así. Porque nosotros en general aceptamos sumisos una sensatez en la opulencia, cuando afirmamos que el progreso ilimitado o la violencia son algo inevitable. O, que el empezar a poner un límite ante cualquier deseo ambicioso dominador, es algo obtuso.
Un modo de recuperarse de estas tragedias menores es la de dejar de echar culpas. El echar culpa resulta una perdida de energía, ante la culpa misma que sucede, como la sal de la vida. Hay que aprender a asumirse y canalizar la energía negativa para producir una sociedad más positiva, desde la reparación por los daños ocasionados. El pedir disculpas o aceptar públicamente que uno se equivocó, no deja de ser un alto signo de valentía y sinceridad. Pero, para desterrar la vieja idea divisionista del "’buscar culpables”, se necesitan de tres piezas claves: una es la organización política, la otra es la imaginación, y la última es la de una responsabilidad.
Con respecto a la primera podemos afirmar que se necesita de una organización política renovadora como fuente de virtud. Urge una nueva visión política que tenga como eje el bien común ante todos los intereses particulares. En las palabras del filósofo mayor Aristóteles: "’Es preciso reconocer que el Señor sea fuente de virtud para el esclavo”. Si bien actualmente la esclavitud fue abolida, es necesario recalcar que el que manda tiene mayor responsabilidad de deber, ante aquél que debe obedecer desde un peldaño abajo. A algunos les cabe mandar y a otros obedecer. El hecho de tener una posición de rango privilegiada frente a los demás, no lo hace mejor, dueño de todo o carente de culpabilidades. Al contrario, debería ser fuente de virtud en armonía con la misma ley vigente, dinero que utiliza para regir. Y, el que obedece tiene el deber de cumplir desde su labor, asumiendo su propia responsabilidad específica que le toca. Ello no implica victimizarse o seguir todo bajo obediencia ciega, sino el buscar la fuente de virtud en armonía con la ley natural. En este contexto, la familia sería la base de la organización social o modelo político que se busque implementar. Es fuente de virtud si se educa en armonía con la forma política. Pero, ¿existe un modelo político, educativo o familiar a seguir?
Con respecto a la segunda, no se pretende afirmar que no hayan existidos diversos sistemas políticos e ideas a lo largo de la historia. Algunas más eficaces que otras. Aunque, si hay algo que se le puede reprochar con certeza a la política, es la de una gran falta de imaginación para llegar a solucionar los problemas cotidianos de la gente. Abundaron proyectos increíbles que se archivaron en los escritorios, lejos de la calle. Pero, aquí la política resulta un modelo virtuoso en la medida en que el papel escrito sepa plasmarse en la práctica. La falta de imaginación alimenta el rigorismo, hegemonías, puebladas, control, deber y "’lo de siempre”. La revolución se asocia a lo imaginativo. ¿La política actual es imaginativa, estimula confianza, tolerancia, asegurando un propio ciclo virtuoso capital?
Y, con respecto a la tercera y última: ¿Podremos afirmar de aquí en más que se desterrará la cultura del "’no te metas”, "’ofuscan pero hacen”, "’todo da igual”, "’la culpa es del otro”, o del "’yo no tengo nada que ver”, sino nos asumimos como una sociedad responsable? Aquí es donde la virtud voluntariosa de las partes necesita asociarse a las del conjunto. O, dentro de un parámetro contextual de Nación, que tenga un proyecto unificador ¿Nos sentimos como partes de un proyecto de Nación?
Necesitamos hacer patente nuestra propia política. En términos Kierkegaardianos, "’la de cada uno”. Pensarse como posibilidad y no como un mero caso es pensarse como poder: como poder ser desde la responsabilidad. La posibilidad constructiva de no tirar la culpa afuera.
(*) Periodista, filósofo y escritor
