"Saltaba a la vista que no era un carrusel nuevo. Los caballitos exhibían la pintura gastada y los hocicos mordidos por el tiempo…".

Dos hombres comenzaron a cavar un redondel. Todo un misterio. Ninguno de los chicos podíamos entender qué pasaba en el baldío de la esquina, tantos años invicto. Cuando uno de los obreros nos dijo que pondrían en el lugar una calesita, esa noche ninguno pudo dormir. En días de primavera, nació la bella visitante, pero no pudo arrancar, dar sus primeros pasitos de doncella, hasta que al tiempo trajeron un viejo motor que la movilizara. 

Saltaba a la vista que no era un carrusel nuevo. Los caballitos exhibían la pintura gastada y los hocicos mordidos por el tiempo, y rechinaba como llorando en cada vuelta en la que hacía bailar nuestra niñez. 

Cuando arrancó su aventura de cielos revoleados y coronas de golondrinas, extasiados y expectantes la mirábamos en derredor, hasta que nos llegaron las moneditas para subir a sus ensueños. Los chicos ocupábamos esos caballitos que parecían trotar sobre una lanza de hierro desprolijo. Las chicas ocupaban los bancos, sin abandonar sus muñecas. El señor de la sortija tenía cara de vinagre. Nunca pude tomarla porque siempre me esquivaba y al final la entregaba a un mismo chico. Luego, con la escuela de los años, comprendería que estas cosas integran la parte ingrata de la vida. 

Pero un día llegó en que la ronda de la esquina amaneció sin rezongos y musiquitas. Paralizada estaba la calesita en el umbral de la mañana helada. Como un pájaro congelado estaba la vieja compañera bajo los jirones del toldo. Y de allí no arrancó más. Se metió en un mundo extraño para nosotros, como una primera muerte y días después fue desarmadero, tierrita suelta, ruinas de melodía en retirada y batallas perdidas. Cuchillos de julio la habían herido hasta el final. En una liturgia tristísima de silencio y muerte paseó nuestros pesares. Volcaron sus despojos en un camión y se llevaron ese puñadito de recuerdos y lunas trasnochadas hasta los lindes del nunca. Durante los años que transcurrieron desde aquel ritual de ausencias hasta que emplazaron allí un jardín de infantes, un rastro de tierra en redondel, abandonada, testimonió las mejores emociones de nuestra infancia. Pudimos zafar de la tristeza el día que, con su ingenuidad, los pequeños del jardín de infantes inauguraron al viento otro carrousell.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor e intérprete.