Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo (Mt 5,13-16).

En el ambiente judío, la sal, gracias a su poder de conservar los alimentos y de darles sabor, era considerada portadora de una particular fuerza. Otro uso, común a las culturas mediterráneas, era el de la purificación para la desinfección. Unido a esto, no era difícil pasar al uso apotropaico de la sal; es decir, empleado para alejar el mal, los malos espíritus o una acción mágica maligna. En Roma existía la costumbre de colocar sal en los labios de un recién nacido para protegerlo de peligros. En el Antiguo Testamento existe la asociación de la sal a la idea de duración; de aquello que conserva la vida. De ahí que sea un elemento esencial para el hombre: "¿Se come sin sal lo insípido?" (Job 6,6). En tal sentido se presenta de modo explícito en el libro del Eclesiástico: "Estas son las cosas más elementales para la vida humana: el agua, el fuego, el hierro, la sal" (39,26). En esa dirección va la prescripción mosaica de ofrecer sal en todos los sacrificios, como signo de alianza: "Además, toda ofrenda tuya será sazonada con sal, como signo del pacto con tu Dios" (Lv 2,13). Es una "alianza inviolable (en hebreo: "de sal"), perenne delante del Señor" (Nm 18,19). El ser sal indica la identidad de la comunidad de los discípulos. "Ustedes son la sal", dice Jesús, pero inmediatamente afirma: "de la tierra"; es decir, del mundo. Si pierde el sabor ya no sirve. Se vuelve insípida, en el sentido de "falta de sabiduría, carencia de sabor", y entonces ya es necedad. Estos evangelios que meditamos juntos, pretenden humildemente ser ese "poquito" de sal que dé sabor a la semana que estamos por iniciar.

La segunda imagen del evangelio hacia la comunidad, es la de la luz. En el Antiguo Testamento es aplicada a Dios, a su Ley, a Jerusalén. El texto más cercano a la versión de Mateo, es Is 60,1-3: "Levántate y revístete de luz. Sobre ti resplandece la luz del Señor". La comunidad de los discípulos no es un círculo de puros o perfectos. La Iglesia es luna que ilumina porque no tiene luz propia, sino que la recibe del sol, que es Jesucristo. Esa era la imagen predilecta de Orígenes (185-254), Padre de la Iglesia oriental. El texto de hoy concluye diciendo: "Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo". El texto griego habla de "obras" (erga) "bellas" (kal"a). Las primeras se refieren a un estilo de vida marcado por las bienaventuranzas. La belleza significa que esas obras deberán estar marcadas por el esplendor de la bondad que origina concordia y armonía. 

Si la sal preserva de la corrupción y el sin sabor, la luz origina vida y calor. Esta es la misión del cristiano: dar sabor a la vida y ser lámpara encendida. Donde hay luz, hay vida. La sal también es humilde: no pide ser observada, sino que requiere ser esparcida, para perderse en los alimentos y así darles sabor. Dicen que, en sus últimos años, a San Juan María Vianney, el Cura de Ars, sin dientes y sin dentadura, cuando hablaba, no se le entendía nada. Y, sin embargo, después de verlo celebrar su Misa y escuchar su prédica ininteligible, la gente salía llorando, conmovida, dispuesta a mejorar, a cambiar de vida, tocada misteriosamente por algo que iba más allá de las palabras y surgía de su presencia de santo. Se repetía lo de San Pablo. Por eso, no importa demasiado ser inteligentes o eruditos o hábiles. Importa ser sal. No interesa saber muchas cosas, sino vivir en serio aquellas pocas que sabemos. ¿Para qué saber responder a veinte mil preguntas si no hemos sabido responder aún a Dios con nuestra vida? En eso se fija el mundo, eso es lo que miran los demás. No las declaraciones que hacemos, los panfletos que tiramos, las protestas grandilocuentes que proferimos. Más vale un santo mudo que un charlatán de sacristía.