Divididos entre el fantasma de Keiko Fujimori y el cambio al nacionalismo de Ollanta Humala, Perú eligió al ex coronel de 49 años que, por segunda vez trataba de alcanzar la Presidencia. Ahora comienza una etapa no fácil, ya que su objetivo inmediato será, sin duda, convencer a los mercados y a los inversores nacionales y extranjeros que, como lo dijo en campaña, él no es un peligro.
Humala fundó con su familia el movimiento "etnocacerista”, inspirado en la ideología del mariscal Andrés Abelino Cáceres, tres veces presidente de Perú entre 1884 y 1895. La esencia era la supremacía de la raza cobriza, que era la suya, sobre los blancos. De 2006 a la fecha, Ollanta, cuyo significado en quechua es "guerrero que todo lo mira”, recicló su discurso y se aproximó a la figura de Luiz Inacio Lula Da Silva, más digerible para Perú y el resto del mundo, que la de Hugo Chávez.
Con el grado de capitán, fue destinado a la localidad de Madre Mía, foco de Sendero Luminoso y de aquella etapa son las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos. Según la Coordinadora de Derechos Humanos, existen suficientes indicios de que "Carlos”, nombre de guerra de Humala, en los años de plomo participó con otros compañeros de armas en la desaparición de al menos, cuatro campesinos, aunque nunca se pudo probar judicialmente su participación. Condenado por rebelión, a inicios de 2001, el presidente Alejandro Toledo lo indultó y terminó de agregado militar en París y después en Corea del Sur. En 2004 pasó a retiro y comenzó su carrera a la Presidencia con el Partido Nacionalista Peruano.
El apoyo en la segunda vuelta del premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, que encabezó un frente común de intelectuales al que se sumó el ex presidente Alejandro Toledo, supuso para Ollanta Humala, un espaldarazo importante. Este apoyo le permitió obtener votos de los sectores sociales más altos. El cambio de imagen fue otro de los factores que colaboró para que el ultranacionalista reciclado lograse la confianza de los electores.
Pero la clave de su éxito, posiblemente, haya sido el rechazo que generaba la candidatura de Keiko Fujimori identificada con la corrupción, abusos y crímenes del Gobierno de su padre, entre 1990 y 2000. Tal como advertían los sociólogos, el 20% de indecisos tuvo la última palabra.
