Actualmente hemos sido testigos en nuestra sociedad de diversas manifestaciones horrendas y cínicas del mal. Precisamente, convivimos con una cierta naturalización de la fealdad, cuando la gente comete actos con total impunidad y con una frialdad que escapan a toda lógica humana. Lamentablemente, tenemos que decir que recientemente hemos visto a una Argentina herida por el dolor cuando la Justicia solo observa al victimario, sin aplicar el castigo correspondiente, y le da rienda suelta para que se mueva con mucha libertad. Tal vez sería una utopía pensar que las zonas liberadas no convivan más con el aberrante vacío de la impunidad. ¿Cuántas víctimas vemos día a día sacrificadas por el robo, homicidio doméstico, trata de personas, abusos con homicidios, pedofilia, crímenes contra niños y explotación? ¿Hasta cuándo las noticias de secuestros extorsivos, las implicaciones delictivas consecuentes, con la gran movida del narcotráfico aparecerán en las pantallas de nuestro televisor? Una impunidad, que deja una huella cada vez más lejana de lo que tradicionalmente se nos enseñó por Justicia.

Precisamente, la injusticia está asociada a cuatro puntos fundamentales: la venganza, intemperancia, odio lleno de dolor, y a las más diversas huellas del mal. El primer punto resulta un impulso de justicia, pero es primitivo, y a pesar de que la intención es la de establecer el equilibrio, sus bases amenazan con transformarlo en una cuestión intolerable. Ya los diversos sucesos de la historia nos enseñan que la venganza engendró venganza, porque ella reina en las diversas culturas feudales, que se terminan consumiendo rápidamente en el gran espiral cíclico del odio, al tolerarse todo tipo de corrupción con ajustes de cuentas.

Es que ninguna sociedad civilizada funciona si sus individuos ejercen la justicia por mano propia, porque coronaríamos una pseudo-democracia, si la justicia se concibe como un asunto privado o de privilegios. Pero, lo peor es que en ocasiones existe un cierto pacto de silencio que nos llevan a un ideal vacío, de tolerancia, y de connivencia con la impunidad y la corrupción, apoyados en el temor, o la cultura del "no te metas”.

Existe una gran nobleza en la capacidad de autocontrol, porque hace ver un sentimiento mucho mayor que la sola sed de venganza. En esto consiste el sentimiento de paz, un gran futuro feliz capaz de poner fin a todos los odios que envenenan la vida. Ello está asociado al segundo punto de esta reflexión, ya que la paz y la justicia nos enseñan a ordenar nuestra vida para saber convivir. Es que nuestra sociedad debería vivir sin estimulantes, tendríamos que saber controlar las pasiones para no ser intemperantes, porque ella alimenta toda injusticia.

Las sociedades pasadas consideraban a las bebidas y estupefacientes como una forma de abrazar a los dioses para salir de este mundo, aunque en la actualidad solo resultan una herramienta para imponerse ante los demás.

Es que las diversas formas de drogas hace bastante tiempo que le son familiares a toda la humanidad. Y, a medida que las sociedades crecieron y se volvieron más complejas, resultó cada vez más difícil controlar el acceso creciente a estimulantes, y a las estructuras cada vez más perversas del delito. Ya Anacarsis escribió que "la vida da tres clases de uvas: la primera es el placer, la segunda es la intoxicación y la tercera es el asco”. Anteriormente se la consideraba un problema moral, pero ahora generan problemas sociales, y desterrarlas por completo no resulta fácil, cuando muchas parejas con ellas terminan en el altar del sexo y diversión libertina.

Justamente, lo opuesto al amor es el tercer punto, ya que es normal sentir rechazo, pero el odio es otra cosa. Y, es suficiente con que un hombre odie a otro, como escribió Sastre, "para que poco a poco el odio alcance a toda la humanidad”. Y, ello nos introduce al cuarto y último punto cuando el pensador Rousseau afirmó que "el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe”. Sólo sostenía que las instituciones lo empujan hacia la hipocresía, rebelión, maldad y violencia.

Precisamente, ante la pregunta del alcance de la existencia del mal no encontramos una respuesta lógica al planteo. Pero, en este contexto es fundamental tomar una postura definida ante "la cultura de la maldad” que nos lleva al enfrentamiento voraz, o "la cultura de la bondad” que desde la tolerancia y la Ley posibilita construir una República. Aunque, por ahora sabemos que las diversas huellas del mal han quedado grabadas a lo largo de la historia de la humanidad y se vislumbran con cinismo. Sin embargo, solo tenemos certeza de que no existe lo perfecto, sino los "perfectible”, porque toda sociedad madura debería tener la capacidad de reaccionar demostrando "asco”, ante cualquier injusticia que nos alejan de una convivencia pacífica y racional.