
Ante la tentación del chiquilín por tomarla, la paloma de nácar levanta corto vuelo y continua picoteando las migas que le sirve un jubilado. Una brisa otoñal se lleva a leves empujones una hoja. El domingo se adormece en los columpios de una tarde apacible. En su vieja cámara donde mete la cabeza y seguidamente te entrega la foto revelada, el fotógrafo eterniza la sonrisa de una parejita del campo.
Plaza Veinticinco: la tentación de concederle el corazón de San Juan, es inevitable. Algunas noches, por allí, Dipus, un solitario tierno que acunó esta ciudad, lloró a mares como era su vocación fácil, cuando el alcohol lo volvía a dejar en llanta. Por esas baldosas grises Carlitos cruzó la vida propia y ajena después de subirse a mil colectivos de sueños simples. El negro Giménez -disfrazado de todo- organizó conciertos de pregones publicitarios a puro pulmón, vendiendo ilusiones y espectáculos. Y las palomas siguen trepándose a los sueños de Sarmiento con un desparpajo aún no combatido, como emblema del desencuentro de este pueblo con los sueños del prócer. En esa plaza hace muchos años hubo aquellas retretas y la derrumbada Catedral pasó sus oraciones a un digno galpón de chapas rojas que miraba de frente al Cine Estornell, lo poco que dejó en pie el terremoto.
En esa plaza, un día sombrío la gente se subió al corazón de la ira y produjo un "sanjuaninazo". Posiblemente, cuando las sombras comienzan a ocultar bullicios y duendes, queda en el aire tenso cargado de historias, noviazgos y lagrimones un estremecimiento propio del paso de ese enigma que es la vida.
Pervive la silueta cristalina de aquel hermoso cine Cervantes donde mi padre contaba que escuchó a Gardel, mientras la polvareda de derrumbes sostiene la memoria popular, guardando herida la vieja ciudad derruida. Como fantasmas desencontrados, deambulan los estrépitos de carnavales de fuego; las crónicas de gente humilde que escaló el ensueño de las murgas y comparsas, para sentirse alguien; que se vistió de colombina o borracho para homenajear la vida desde otro costado, en noches hechizadas de lanza perfumes y albahaca. Han establecido allí rumores inocultables imponentes procesiones de fe. Y siempre vuelve la correntada de pasiones de festejos del equipo campeón y el banco repintado donde una tarde morada resiste disfrazada de novia y estudiantina desde el dorado corazón de un jubilado que mira el cielo, el suelo y las palomas, lagrimea y porfía en pie, mientras dos adolescentes encienden con un beso la primera farola.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor e interprete.
