Esta mañana pasé por allí y estaban armando un almacén. Humilde, pequeño, dos o tres escaparates y un cartel hecho a mano afirmado en la ventana. No importa, me dije; amo los almacenes y su luz inocente invitando a compartir humildades. Recordé cuando, una tardecita de sábado, algún verano de aquellos que doraron mi vida, y en otra casa, fui hasta el almacén de don Enrique y compré un salamín durísimo que disfruté como si fuera manjar. Una paz de alamedas me tocaba, y no la dejé ir desde esos momentos especiales, la guardé en el corazón, aunque luego el tiempo no haya sido tan benévolo, como corresponde a la aventura de vivir, que es justamente eso, flor y espina.

El barrio nos reconoce buenos y sencillos. Uno ve pasar una vieja carretela que se desarma en cruces a cada tranco; que el cachivachero se obstina en no morir, y se nos antojan días de gloria amasados en la simple virtud de la nostalgia. Uno se entera, como un cachetazo, que de repente murió un vecino; o que en la otra cuadra se detuvo la sirena de una ambulancia que nos estremece, o que una criatura ha nacido y es bautizado entre el humo gris con perfume a asado que lo festeja en hogar humilde; o que Doña Teresa no ha de pasar más por la acera ahora pisoteada de ausencias, o que en la esquina el grupito de muchachos se ríe de todo, como en torrentes.

De mi cuadra se llevaron una madrugada a un hombre que llora San Juan, y por el que nuestras calles se han llenado los últimos años de lágrimas y murmullos atrapados para siempre en marchas de silencio. Yo vi por mi barrio, en aquellos días afiebrados de un pasado que registro en mi primera niñez, cómo las calles se llenaban vítores y fusiles antiaéreos festejando la caída de un presidente; cómo una mañanita de sábado un carro destartalado de miserias, a las pocas cuadras mataba de crueldad al caballito que lo conducía por los últimos instantes de sus pobres venas. He visto preparativos para los corsos de la Plaza de Mayo, ceremonias humedecidas de albahaca, lanza perfumes y pomos de vieja goma azul; cómo la gente se enorgullecía de ser de aquí.

Mi barrio siempre estará a mi lado, sobre todo cuando todas las mañanas voy olvidando las cosas intrascendentes, para volver a esos paraísos donde me espera mi hogar.