La vida de los santos tantas veces permanecen ocultas. Y sorprenden al momento de conocerlas. Al desvelarlas, nos encontramos con verdaderos diamantes. Hildegarda fue una admirable religiosa del siglo XII, a la que el papa Benedicto XVI, el año pasado, en vísperas del Año de la Fe, le concedió el título de Doctora de la Iglesia, junto a otro grande español, San Juan de Avila.

Hildegarda fue una mujer de múltiples facetas. Nació en Renania, Alemania, en el 1098, en el seno de una familia noble. De muy joven emitió los votos religiosos según la regla benedictina. De débil constitución física, supo ofrecer a Dios con espíritu sobrenatural los problemas de salud que le aquejaban.

Fue la primer mujer en el mundo medieval que enseñó teología. Obispos, teólogos, monjes, le solicitaban que respondiese a los múltiples cuestionamientos que la teología presentaba. No enseñó en París ni en Roma, pero desde su convento tuvo una influencia ejemplar.

Fue la primer mujer que recibió del Papa la autorización para escribir teología. Mientras escribía su primer gran obra teológica, "Conoce los caminos del Señor”, que finalizaría hacia 1146/1147, le escribe a San Bernardo de Claraval, pidiéndole su parecer sobre su obra. Recibió amplia aprobación y difusión. En esta obra hablaba sobre el origen divino del matrimonio, la dignidad del presbítero, la santidad pulcra de la Eucaristía, puntos éstos atacados por los cátaros, que en varios puntos se alejaban de la fe bien entendida. Fue autora de una vasta obra de carácter enciclopédico, y entre sus escritos nombramos algunos. El "Libro de los méritos de la vida”, obra que relata el combate entre virtudes y vicios desde una visión cristológica.

También escribió el "Libro simple de la medicina”, con descripción de enfermedades y recetas curativas.

Fue la única mujer que recibió la potestad de predicar en iglesias y centros públicos, tanto al clero como al pueblo. Hizo más de tres giras por ciudades europeas dando sus célebres sermones. Contaba para ello de la aprobación del papa Eugenio III, alumno suyo cuando en otro tiempo fue monje cisterciense.

Hildegarda mantuvo relación epistolar con grandes personalidades de la época como el ya citado San Bernardo de Claraval, Pedro Abelardo y otros.

En 1148 una visión le inspiró fundar un monasterio en la colina de San Ruperto, cerca de Bingen, donde trasladó a la ya crecida comunidad de monjas. Años más tarde fundó un segundo monasterio en Eibingen, el cual era visitado por ella dos veces a la semana.

Y un último perfil que cultivó la santa y ahora mencionamos: fue la primer mujer consagrada que compuso obras musicales de envergadura. Hacia el 1152 presentó "El orden las virtudes”, drama musical con contenido moral, el más antiguo drama litúrgico cantado, que fue estrenado en el convento de Rupertsrberg. Para ella toda la creación es musical; el cosmos, el hombre, los coros de ángeles, son una sinfonía de Dios. En el estado de naturaleza caída, es la música lo que le devuelve al hombre la armonía original, el recuerdo de su condición primera y el camino del retorno a Dios. Para la santa, impedir la formación musical es obra del diablo.

Bueno es recordar a esta insigne mujer, que dejó huellas y tendió puentes. Hoy el mundo entero la reconoce por sus múltiples carismas.

(*) Especialista en bioética. Párroco de Nuestra Señora de Tulum, Villa Carolina.