Es un tema delicado. Siempre que se trata de un eventual sostén intelectual o complicidad próxima o remota a un régimen nefasto, y que dio pruebas en la historia de lo que es avasallar la dignidad de las personas como pocas veces ha experimentado el siglo pasado, la cuestión, repito, es muy delicada. El Holocausto judío -la Shoah- fue ciertamente, el peor sufrimiento de todos los que ha tenido el pueblo judío a lo largo de su historia. La crueldad con que los judíos han sido perseguidos y asesinados en este siglo XX, supera la capacidad de expresión de las palabras. Y todo ello se les hizo por el mero hecho de que eran judíos. La pregunta que nos formulamos es la siguiente: ¿cómo pudo una mente filosófica poderosa como la de Martín Heidegger, guardar silencio o alentar los pasos del antisemitismo? Esta grave omisión, ¿lo invalida intelectualmente? No necesariamente. No siempre las preferencias políticas de un pensador agotan sus propios logros intelectuales. Pero avancemos un poco más.
Después de la tragedia, lo absolutamente cierto para todos es que la menor ofensa a la dignidad de la persona humana, se vuelve intolerable. ¿Sería mucho pedir que una inteligencia brillante como la del autor de Ser y Tiempo hubiese reflexionado sobre este drama, que lo tocaba tan de cerca? Un silencio así es difícil de explicar. Quizá haya sido su gran olvido del Ser. Toda filosofía es "memoria”, "compañía” y "profecía”, y aleja de sus entrañas la pura abstracción dialéctica que puede volverse -sin quererlo quizá- funcional a la violencia.
"Los devotos del pensamiento del último Heidegger tienen que afrontar el hecho de que el mundo -o no-mundo- del Holocausto tendría que haber sido para él un acontecimiento, pero no lo fue”, decía el teólogo judío Emil Fackheim. Como expresara el recientemente fallecido Franco Volpi, conocedor profundo del filósofo de la Selva Negra: "La vida y la obra de Heidegger, como se sabe, se hallan cubiertas por una sombra: en 1933 adhirió al nacionalsocialismo y, aunque fuese sólo momentáneamente, puso su genio filosófico al servicio del mal. Para algunos fue un error fatal pero transitorio, para otros, el indicador de una contigüidad más profunda entre algunos elementos de su pensamiento y la ideología nacionalsocialista. Un signo, como fuere, de una imperdonable necedad política para un pensador de su calibre”.
No podemos olvidar su discurso inaugural del rectorado "La autoafirmación de la Universidad alemana”, en donde saludó el advenimiento de Hitler como "la grandeza y la magnificencia de un comienzo”, dejando para la cultura y el saber -ámbito propio de una Casa de Estudios- un papel casi secundario: "el mundo espiritual de un pueblo no es la superestructura de una cultura ni tampoco un arsenal de conocimientos y valores utilizables, sino es el poder de conservación más profundo de sus fuerzas de tierra y de sangre, en tanto que poder de emoción más íntimo y poder de estremecimiento más vasto de su existencia”.
El discurso mereció el comentario duro de Benedetto Croce, "cosa estúpida y servil”. El pensador argentino Juan José Sebreli en su crítico El olvido de la razón, juzga el año de rectorado al frente de la Universidad de Friburgo -1933- en plena época de apogeo nazi, como año de intensa agitación política: "A las directivas nazis, cumplidas puntualmente -uso de la esvástica en la solapa, saludo ritual al comienzo y final de las clases-, agregó ceremonias de su propia iniciativa: impuso a los estudiantes instrucción militar y en un gesto arcaizante restableció los duelos a espada”.
Mucho más podríamos comentar, pero en aras de la brevedad, podemos concluir con la sabiduría del Evangelio de Jesús, quien dice que a quien más se le da, más se le pide. La naturaleza no fue avara con el brillo intelectual de Heidegger, el filósofo más influyente del siglo XX. Tanto que Borges decía que con Ser y Tiempo, con sus ingeniosos neologismos, había creado un nuevo dialecto del alemán. Por ello mismo hubiese tenido que hablar, reflexionar, escribir, y aunque sea tarde, haber pedido perdón por esa sombra que lo habitará por siempre.
