Entraba ya la tarde en el tumultuoso canal, y el barbado capitán inflaba velas para lograr embocar su nave en aquel peligroso estrecho.

Ya tenía la experiencia de niño grumete, y su paso por las goletas "Zerabia" y "Manuelita" entre otros navíos.

Golpeaba el timón de un lado a otro, tratando a toda costa de evitar la zozobra, creyendo firmemente que aquella vieja goleta americana, poseía un embrujo de indestructibilidad y podía salvarse.

A poco andar, ya adentrado en las Islas de los Estados, continuaba el mal tiempo, y finalmente Luis Piedrabuena, sintió un fuerte crujido en la popa a la altura de la quilla posterior, el cual permitió la entrada de agua.

Las bombas de achique no daban abasto, la suerte del "Espora" estaba echada, no quedaba más que abandonar la nave, que felizmente estaba casi a la orilla, lo que facilitó que todos los tripulantes salvaran sus vidas.

Piedrabuena (Carmen de Patagones, 1833) fue un pionero en las tierras del Sur, y máximo prócer patagónico. Marcó la territorialidad y la soberanía del país allí donde no llegaba nadie.

Marino, desde niño, desafió el clima y las corrientes de los mares del Sur más de una vez. Salvó de la muerte segura, a tripulantes de buques balleneros y numerosos navíos extranjeros recibiendo reconocimientos de los gobiernos europeos.

Hábil político, fue tal vez uno de los pocos que pudo hacer amistad con los malones de indios que devastaban a todo blanco que pasara cerca, en especial con el cacique Bigüe de San Gregorio.

Capitán honorario sin sueldo, finalmente el estado nacional le concedió la Isla de Pavón y de los Estados, esta última con una belleza sin igual.

En algún momento fue tentado por marinos de su majestad la Reina Británica, a vender esta isla, abonando una importante cantidad de libras, a costo de la soberanía.

Él se negó rotundamente, con el firme convencimiento de que este territorio también era argentino.

Con todo ello, esa tarde de tormenta sería su "Waterloo". El "Espora" estaba partido en dos, a la orilla de la Isla de los Estados.

Sin comunicación, ni tránsito marino por el lugar, al gran comandante no le quedaba otra que esperar la muerte o tratar de construir otro barco.

Así las cosas, tenaz y emprendedor comenzó la tarea de construir otra nave con los restos de su compañera de naufragio. Sin embargo, se encontró un problema en la fabricación de la estructura de quilla.

La misma debía ser construida con madera en una sola pieza sin agregados, ni añadiduras ya que eso permitiría la firmeza de la nave, pero esta pieza no la tenía.

Ante su asombro, pudo observar que los árboles de la isla tenían una curvatura producida por los fuertes vientos, generando en sus ramas y troncos una curvatura parecida a la de un boomerang.

Era la solución a su ingeniería, la quilla de estructura del cúter "Luisito", ya era un hecho.

En tres meses, y previo a calafatear con grasa de pingüino las junturas, la nave estaba boyando en el estrecho, y rumbo a Carmen de Patagones, no sin antes salvar de la zozobra la tripulación del "Dr. Hanson".

El cúter "Luisito" es el espíritu sublime de creatividad argentina, es el resultado empírico de la genialidad de los habitantes de un país, la consecuencia de la necesidad, la desesperación y a su vez la rápida solución y salida.

Seguramente los argentinos fabricaron muchos "Luisitos", a través de estos 200 años, pero sin duda el comandante Luis Piedrabuena fue quien demostró una vez más, de lo que somos capaces los argentinos en situaciones difíciles.

Piedrabuena murió en Buenos Aires rodeado de sus hijos, podríamos decir que es el espíritu inspirador de la hoy devastada Armada Argentina.