El espejo me abofetea, me envía ese golpe sin avisarme. Veo en él una imagen que duele hasta en las fibras más íntimas de mi ser. Esa imagen que se refleja sobre la superficie pulida al incidir la luz, no soy yo, es una persona con más años. Ese reflejo no me gusta.

Suman más de una década los años que han pasado sin enfrentar el más sencillo de los planos reflejantes, sin asomarme a ninguno de esos cuadros brillantes, sin observar mi imagen en ninguno de ellos. Un haz de rayos de luz paralelos puede cambiar de dirección completamente en conjunto y continuar siendo un haz de rayos paralelos, pudiendo de esa manera producir una imagen virtual de mí, como un objeto, con el mismo tamaño y mi forma real. La única diferencia es que la imagen resulta derecha, pero invertida en el eje normal a él, es real, es buena. Pero yo no quiero observarla.

Al comienzo los espejos solo eran usados como utensillos de tocador, muy utilizados por personas coquetas de antiguas civilizaciones, desde la egipcia, griega, etrusca, romana y hebrea. La mayoría se elaboraba con metal bruñido, generalmente cobre, plata o bronce, con un proceso denominado plateo. Luego de siglos, las fábricas venecianas logran construir espejos que fueron usados como muebles de habitación, asimismo los empezaron a hacer de gran tamaño. Desde entonces sirven como objetos decorativos también en los salones, donde ocupan lugares destacados y cautivan en masa. También cuentan las leyendas que cuando los europeos llegaron a América, lo trajeron consigo, y era tal la impresión y curiosidad de los locales, que llegaron a cambiar algún espejo por oro. Los modernos consisten en una delgada capa de plata o aluminio depositada sobre una plancha de vidrio o de plástico, la cual protege el metal y lo hace más duradero.

Igual mi rechazo hacia él se mantiene firme, no deseo ni aspiro usarlo. A pesar de que sus reflejos me atacan desde lugares insólitos, me niego, mi baño mantiene su pared impoluta, sin la invasión de un marco reflejante.

El espejo ocupa un lugar importante en la vida de muchísimas personas, acrecienta el ego, insulta a otros, pero casi todos lo aceptan y lo incorporan como una parte significativa de sus vidas, de sus quehaceres y no lo dejan atrás. Al contrario, construidos en diversos modelos y tamaños, suelen ser trasladados para usarlo ocasionalmente o en situaciones accidentales, convirtiéndolo en un artículo de primera necesidad, coexistiendo como acompañante, hasta ser considerado casi un amante, siendo en muchos casos idolatrado cual brillante deidad. No, yo no lo persigo ni codicio, lo mantengo lejos, como a un enemigo.

Algunas veces, en alargadas madrugadas, cuando el sueño se niega y los pensamientos vuelan, allá en el fondo de los pensares, casi en mi inconsciencia, lo concibo poco más o menos como una ventana al mundo de los espíritus cual leyenda urbana. Ese mundo de almas y espíritus tiendo a imaginarlo como una contrapartida espectacular de los vivos, me da la idea en mi afiebrada cabeza como si el espejo fuese un pórtico a un universo inverso, en el cual lloras cuando estás feliz y ríes cuando abrumado yaces.

La mitología y supersticiones de muchos aseguran que la imagen que en él aparece, se identifica a menudo con el alma o espíritu de la persona, y por eso los vampiros, cuerpos sin alma, no se reflejen en él. También o lo que es peor, opinan y sugieren que cuando un moribundo está a punto de dejar este mundo, algunas personas cubran los espejos, por temor a que el alma del agonizante al reflejarse quede encerrada en alguno de ellos.

Mientras la vida continúa yo no deseo que me vea. Temo que al asomarme en él su luz me cautive. No quiero caer dentro suyo, pero a la vez, la irreflexión, la fluctuación, me corroe. Coqueteo con mi inconsciente, juego, me arriesgo, comienzo una nueva era, intento apoyar mi mano sobre la fría superficie, sentir el hielo pretendo, pero cuando quise acercarla, la bruñida superficie vi temblar. No fue fantasía lo mío, advertí ondulaciones, la imagen plena de mi mano en él ondulando estaba, todo el reflejo temblaba cual aguachenta superficie. Gran temor sentí y presto mi mano alejé, porque en ese preciso instante comprendí que el frío reflejo quiere engullirme cual blanco tiburón a su presa. Me niego a aceptar su actitud y me aparto, entiendo y temo. El espejo quiere con lisonjas asirme, llevarme al futuro tal vez, o al pasado quizás. No quiero ser cómplice, giro sobre mí, y sin echar un vistazo atrás, me marcho.

Tanta jerarquía le dan al inanimado objeto, el brillante bien, tan significativo es solo por reflejar la imagen. Qué pobre cuadro veo de la persona dependiente de la imagen reflejada, cuán sustancial lo hace, acata sus órdenes, muta su estética según designios del brillante mandato. Sin solicitar otra opinión, calla la suya, se humilla y obedece.

Pasó más de una década desde el cruel y fatídico día del accidente, y yo, desde aquel momento sin mirar el reflejo. Me afeité de memoria y me engalané en penumbras. No quiero enterarme, no sé si al observar mi rostro en el reluciente plano, vendrá la alegría o reinará la pena por siempre. Ante esa tremenda duda prefiero no conocer.

No, yo no lo quiero, niego sus designios, rechazo la imagen, me rebelo y le doy la espalda.

(*) Periodista, escritor.