"…Navidad llega ataviada de doncella herida, luego del estupor de una pandemia que no nos pidió permiso…".

 

Estamos casi todos. Mejor digamos todos, porque los que se han ido a buscar seguramente esos reinos de amor, también están acurrucaditos en nuestras entrañas, los vemos y sentimos. Otro año con los sueños en vilo y el tácito compromiso de hierro de que nadie acudirá a la melancolía por el camino de esperables nostalgias.

La primera fotografía es la de los chicos contemplando extasiados el itinerario de un enorme globo zonda llameante, que al final estalla en el viento. La segunda, la del abuelo taciturno en un rincón, vaya a saber pensando qué o añorando qué o esperando qué. Hay una que descubre a un familiar con un enorme vaso en la mano, en el límite casi peligroso de la alegría que se desborda como cauce profanado por amores. Otra con los fuegos artificiales que en la plazoleta cercana buscan las cúspides de la noche y caen al final en harapiento aguacero de estrellas. La foto del más pequeño que no logra dormirse debido al estruendo de los petardos contrastaba con la de la tía que mira sin mirar desde su casi sopor o cansancio, uno no sabe. Se toman registros de la enorme mesa navideña engalanada por el amor que las mujeres le colocan con sus simples pero sensibles arreglos. Y hasta de la mesa tembleque, en el momento en que es milagrosamente sujetada cuando casi se lleva sacrílegamente al suelo la sangría.

Entre foto y foto, los comentarios de rigor, las cargadas nadando en extrañas aguas de emociones; las risotadas en cascada, la alegría en suma de una fiesta que nos reúne a todos al amparo de las cosas mejores. Navidad llega ataviada de doncella herida, luego del estupor de una pandemia que no nos pidió permiso. Casi no nos permitimos la cantinela de pedir otro cercano año mejor; con que el mundo vuelva a su maravillosa normalidad de luces y abismos es suficiente. 

Luego les tocará el turno a las selfies graciosas. La perra fiel está allí sin saber por qué, pero junto a nosotros, que es lo que interesa. Y hasta los dos gatitos, escrachados en brazos y con los enormes ojos verdes reinventando destellos para ganarle estrellas al poncho de la noche. Una toma es a dos abrazados que parecía eran irreconciliables y otra que delata la enorme barriga de quien aseguraba estar más flaco.

Cuando le llega el turno a la última fotografía, aquella que reúne a toda la familia, quien la exhibe como trofeo viola el compromiso de evitar las tristezas, porque un enorme lagrimón -camino de sal desde su universo hasta la mejilla- nos convoca a algo inesperado: en la foto, abrazándonos desde atrás y con esa bella sonrisa que les conocemos, están ellos dos festejando la vida, a pesar de que hacía un tiempo que ya no los teníamos entre nosotros.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.