"En la paloma tensa y conquistada/ de su vientre,/ en la encrucijada azul de sus cuerdas,/ en el amor que me justifica cuando la anochezco contra el pecho pájaro,/ en los compinches de sus silencios/ y la explosión de sus gemidos,/ en el pozo de sus lunas reservadas,/ en los huesos de su cuerpo incontenible/ y su temblor armado de nostalgias,/ continuamente he vuelto a nacer”.
Con este poema traté hace unos años de describir este noble instrumento. Hoy retomo el hilo de sus sugestiones usando el título de una enorme canción de Gardel y Lepera que la inmortalizara.
No es el instrumento de más fácil ejecución; sin embargo una gran cantidad de ejecutantes (humildes aprendices o concertistas) se han animado a entrar a su reino iluminado, sin saber que cuando la acariciaran apretada al pecho, como es su destino, entrarían al propio corazón, resbalarían dichosos en los márgenes del alma. Una guitarra es un asentamiento de mujer en nuestros brazos, una flor caliente, un agujero de luces. Su agraciada forma ha logrado todas las insinuaciones posibles. Bien pudo tener otra forma, pero alguien quiso eternizar en notas encontradas con simples manos la cintura de una mujer. Contra nosotros, nuestro pecho, está segura. Allí podrá sonreír o llorar, acariciar zorzales o despeñarse en abismos de colores; representarnos en la más íntima comedia de nuestra vida, porque -estrechada al corazón- no podrá hacer otra cosa que impregnarse de nosotros y enviarnos al mundo sumisos bajo la forma de canciones. La guitarra ha nacido para quedarse entre nuestras cosas, atrapada como mariposa en desmayo, hasta que nuestros dedos le permitan el vuelo de una noble melodía. De su vientre inagotable ha de nacer la vida en continua proliferación de hijos y palomas. Dicen que es capaz de llorar bajo la lluvia tempestuosa de una copla, o ser la lluvia misma sobre un arco iris cuando la enamora el repiqueteo de una cueca, o acurrucar silencios borrascosos cuando entra a fondo la nostalgia.
Guitarra, guitarra mía, corazón enorme de cuanta tarde esclarecida pude alcanzar con este amado don indescriptible de construir canciones: no te irás de mí, ni podrán derogar tus diluvios de amores. El tiempo es un mecedero eterno de bellezas, porque todo puede morir, menos la canción.
