Ha comenzado el año en el que celebraremos el Bicentenario de la Patria. Lo iniciamos con un grave conflicto institucional como expresión de falta de apego a la ley y de falta de respeto a las instituciones democráticas. Debemos celebrar, pero también reflexionar qué lecciones aprendimos del pasado y cuál es el futuro que pretendemos construir como Nación.

En 1837, al inaugurar el Salón Literario, Juan Bautista Alberdi instó a recapacitar sobre la marcha del joven país, advirtiendo: "No sabremos hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos; si no sabemos por qué se hizo Mayo y para qué se hizo". Diez años después, en Valparaíso, reiteró esa preocupación, señalando que "un país no se construye en un día. La libertad no se logra en un acto, repentinamente y para siempre. Ella, y el país, son frutos del tiempo, no de su mero transcurrir sino de la reflexión acumulada. La primera exigencia de la patria es la paz interna, que no viene sino por el camino de la ley. La Constitución es el medio más poderoso de pacificación y orden interior".

Las anteriores conmemoraciones de Mayo de 1810 reconocieron esa fecha como punto de partida de nuestro complejo proceso constituyente. La guerra que se libró para lograr la independencia fue un medio para construir un país libre, con ciudadanos que gozaran de la libertad responsable, dentro de un orden regido por instituciones. La preocupación principal de los hombres de Mayo fue cimentar un nuevo orden jurídico. En 1816, fray Cayetano Rodríguez, diputado por Buenos Aires al Congreso de Tucumán, recordó que "sin Constitución no hay libertad, y sin libertad no hay patria. En este caso las armas sólo harán mudar de amo, en cambio la Constitución la hará dueña de sí misma".

Lo que se quería dejar en claro es que para tener libertad había que tener patria, y para consolidarla había que construir un Estado, organizar el país y darle una Constitución para garantizar la libertad y la seguridad de sus habitantes.

En su libro "El juicio del siglo", Joaquín V. González se propuso buscar las causas más profundas y persistentes de nuestros males, llegando a la conclusión que, la discordia y los odios fueron una constante.

Es hora de aprender, en el contexto celebrativo del Bicentenario, que los argentinos tenemos grandes deudas entre nosotros: evitar los enfrentamientos rencorosos y estériles, construir instituciones más sólidas y confiables, tender a un orden institucional en el que el imperio de la ley y la división de poderes sea una realidad, y hacer de este país una república verdadera, no sólo una democracia basada en el sufragio popular.