La inesperada muerte de Eduardo Galeano ha conmovido hondamente a todo ese continente que tanto amó, su querida Latinoamérica. En realidad a partir de ahora Galeano está más vivo que nunca, pues los hombres de su talla no perecen nunca, agigantándose su figura.

Una faceta que me apasionó de él, fue el conocimiento cabal que tenía de la Historia, tanto de la grande, como de la incógnita; conocimiento que adquirió a través de años de largas lecturas, junto a sus viajes por los parajes más recónditos del continente, siendo como el mismo expresó "un peregrino por los caminos de América…+. Logró como pocos un discernimiento total del devenir histórico, especialmente de las culturas precolombinas, con su sabia mitología y sus sufrimientos a lo largo de una extensa franja temporal. En este sentido fue también un etnógrafo o antropólogo, anotando en insignificantes papelitos, la información que recogía o conversando de igual a igual con la gente común o anónima. Escrudiñaba con aguda mirada lo que no se ve, o lo invisible, ese universo que no registra el mundo de las comunicaciones. Estos saberes luego -y ahí reside su mayor mérito o genio- lo pasaba por el tamiz de su prosa, en forma de metáforas, de interrogantes, de poesía, de sabias frases, algunas cortas o concisas, condimentadas con cierta ironía y de relatos imbuidos con ese don que sólo él poseía.

También le cantó al amor y a las pasiones humanas, con un estilo sanguíneo y resonante. Otro rasgo de sus escritos, es que combinaba estos diferentes géneros literarios, incluso crónicas futboleras, para producir increíbles páginas. La obra, inmensa y plenamente vigente conmueve al lector, que lee y relee sus letras, descubriendo los sabios significados que contenía. Rescató del olvido a los pueblos originarios, a los mestizos o aquellos campesinos de la zona andina, trasmitiéndonos sus penurias y su riqueza cultural, fascinándonos con sus saberes, libres e indemnes del consumismo y la globalización. Igualmente era un hombre que vivía como pensaba, totalmente coherente con las expresiones que brotaban de su mano, sin sumisiones y fraterno con las causas que propiciaba, cualidad que lamentablemente pocos intelectuales practican. Para concluir estas cortas líneas rescato, entre tantas célebres frases que pronunció, con esa voz suave y pausada, aquella que reza: "mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo…".

(*) Magister en Historia.