-¿Por qué razón pone tanto empeño en la visita de la presidenta Cristina, si su presencia no es precisamente un envión?, preguntó este periodista a José Luis Gioja el sábado por Radio Colón, en medio de la reunión partidaria convocada para afinar la organización de la visita frustrada.
-Porque nosotros tenemos memoria y somos agradecidos, respondió el gobernador.
Lo que no falló fue esa pieza de relojería de la movilización peronista: estadio a full, agrupaciones presentes y alguno que se almorzó la cena y escribió en una bandera "Gioja 2011". No puso a qué. A Cristina la dejó afuera una tormenta que nunca llegó, justo el Día de los Inocentes. Se lo perdió: pocas veces en estos tiempos de imagen en baja y dirigentes ariscos podrá disfrutar de un terreno tan propicio, con barras dispuestas a aplaudirla siempre, como le ocurre a la presidenta cada vez que llega.
Hay una contraprestación evidente allí. Gioja ofrece tierra amiga e incondicional y ella deja fluir los recursos como en pocos distritos, especialmente en el apartado de obras públicas. Y los resultados se muestran firmes desde hace un tiempo. Aquel agradecimiento al que refiere el gobernador sanjuanino es el de reconocer el protagonismo nacional en la columna vertebral de la gestión G como lo son las grandes obras. Y Cristina tiene en San Juan una imagen que, aún deprimida, se ubica entre las mejores de Argentina: un 45% de aprobación contra menos del 20 que dispone si se cuenta todo el país. Lástima, pensará, que San Juan no es el Gran Buenos Aires, 38% del padrón electoral nacional contra el 0,5 de los sanjuaninos.
Vaya a saber por qué, pero los diques siguen siendo un emblema de la megaobra pública. No alimentan, ofrecen poco trabajo, la energía que generan es acoplada al sistema nacional y las hectáreas bajo riego que incorporan no son precisamente pasión de multitudes. Habrá que buscar la respuesta en el casillero del entretenimiento: agua para playas, baño, pesca y deportes acuáticos. Y por el magnetismo que ofrecen la grandilocuencia y las frustraciones políticas de tanto tropezón en el camino.
En materia diques, la contribución nacional de la gestión de los Kirchner ha tenido una eficiencia comprobada. Figuraron Caracoles y Punta Negra en aquel compromiso de campaña rubricado por Kirchner y Scioli en la Avenida Central y ambos han sido encaminados luego del descalabro en el que lo recluyó la gestión anterior. Caracoles ya está en pleno llenado, mientras Punta Negra aparece después de muchos manoseos dispuesta a concretar la construcción.
Gobernar es regar , proclamó Leopoldo Bravo durante su primera gestión como gobernador, a los inicios de los años "60 cuando todavía ninguno de los diques de la provincia ya ejecutados (Ullum, Cuesta del Viento y Los Caracoles) ni los proyectados (Punta Negra, El Horcajo), alcanzaran siquiera el rango de boceto. Por aquellos años, se contentaba don Leopoldo con las ampliaciones de la red de canales que surgían desde el Partidor San Emiliano -un obra inaugurada por Perón muchos años antes-, pero que sólo distribuía de lo que bajaba del río. Cuando no bajaba, no había.
Se refería Bravo a que lo mejor que podía ofrecer un gobierno a su gente era ponerle el agua en la puerta de la finca, porque eso generaba producción, ingresos por divisas y trabajo en los campos, en las bodegas y luego en el comercio. Esa lógica no ha sido quebrada con el transcurso de los años: mientras haya agua hay empleo, y luego hay vida. Se lo dijo también Gioja a Cristina por teleconferencia: "o juntamos agua, o juntamos angustia".
Los diques pudieron atenuar los rezos de los tiempos de Bravo, porque la posibilidad de acumular volúmenes de agua hizo que se pudiera disimular una temporada con poca nieve, y que el partidor dispusiera aguas arriba de un tanque de reserva útil para ser descargado cuando fuera necesario. Pero agregaron nuevos dolores de cabeza: son obras muy grandes, inaccesibles para los presupuestos provinciales, que ponen entonces a los gobernadores en una dolorosa función de peregrinaje en las oficinas nacionales, con episodios cuasi vejatorios incluidos. Y como muy grandes, operaciones muy complejas. Y como muy complejas, con hechos de corrupción incluidos no siempre investigados a fondo.
Punta Negra comenzará a ser construido en estos días, posiblemente el lunes. Y es el cuarto dique que se concreta en la provincia. El primero, Ullum, dispone de pocos registros porque fue realizado e inaugurado en tiempos militares cuando, se sabe, las adjudicaciones y los organismos institucionales para controlar que no hubiera amiguismos, preferencias o sobreprecios, no existían. El segundo, Cuesta del Viento, dispone de una frondosa foja de desprolijidades, como que terminó costando unas 10 veces más de lo que fue presupuestado, sin contar un juicio perdido con la compañía constructora de aquel entonces, la ya quebrada Paolini. Y el tercero, Los Caracoles, ha marcado años y años de frustraciones, promesas, truchadas y otras yerbas.
Es que para su construcción, la provincia decidió endeudarse en dólares con un bono que luego cayó en default, aprovechando la volteada de la quijotada del entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá. Desde ese momento, la provincia quedó con el cartel rojo, hasta ahora que fue el bono fue levantado por el aporte del gobierno nacional y la provincia salió de la condición de cesación de pagos.
Pero resulta que aquel bono -de 200 millones de dólares y asumido en tiempos del gobierno de Jorge Escobar- no era para Los Caracoles, sino para los dos diques. Tanto que el modo de referirse al asunto fue "la plata para los diques" y no "la plata para el dique". Pero devaluación y crisis terminal del país mediante, ese dinero alcanzó sólo para el primero de la fórmula, Los Caracoles. Y el bono adquirió su nombre.
El pase de magia no estuvo libre de sombras. Especialmente con un intercambio de perdones en el que las empresas involucradas en la obra levantaban los reclamos internacionales por sentirse estafadas -ya eran adjudicatarias- y el Estado levantaba las denuncias contra ellos. Así fue como se disipó la estela que había dejado un caso manoseado, con una comisión investigadora de Diputados para determinar si hubo o no estafa. Y hasta con un personaje pintoresco como Hugo Dragonetti, dueño de la constructora Panedile, que operó fuerte en la plaza local y tuvo sus cinco minutos de fama cuando le propuso al entonces gobernador Avelín utilizar el depósito en dólares para los diques en el pago de sueldos, que por ese momento llevaban tres meses de demora. Delia Pappano, de aquella comisión, lo llamaba "Ladronetti" y su hijo, también Hugo, fue el que recibió el decreto presidencial esta semana para comenzar a construir Punta Negra.
La cosa ha cambiado ahora. En materia de financiamiento, la provincia obtuvo la posibilidad -también mediante el concurso de las buenas migas con la Nación- de formar un fondo fiduciario con el dinero de la venta de la electricidad de Los Caracoles. Con ese fondo se construirá Punta Negra y una vez terminado podría entrar hasta El Horcajo, aguas arriba en Calingasta. Sería para pellizcarse, cuatro diques en el mismo curso de agua.
Como también resulta asombroso que en plena sequía nacional, sea justamente San Juan una de las provincias que aún no han sido afectadas.
Cómo asombra la construcción de Punta Negra, capaz de cambiar el humor de empresas y gremios. Hasta hace unos días, la UOCRA, el gremio de la construcción, se declaró en pie de guerra por el parate. Y el lunes saludaron a Cristina con sus cascos amarillos.
