Desde hace unos días en la esquina de Peatonal y Tucumán se ha instalado una sombra que semeja un cajoncito de lustrar. Seguramente nadie podrá sacar nunca de allí esa mancha casi iluminada, porque las grandes ausencias dejan huellas indestructibles. Una esquina más hacia el Este, un simple cartelito puesto por Don Vedia, el dueño del kiosco de diarios y revistas de esa esquina, reza: "La Ciudad está de luto, ha muerto el ‘Gauchito de la Peatonal’."
Carlitos Almada se ha ido a buscar los azules y blancos de su banderita a un sitio donde abundan; donde este humilde obrero de la vida y los sueños quizá muchas veces soñó ir a buscar el origen de su pasión por la patria. Seguramente cansado, se llevó Carlitos su cajoncito de lustrar repleto de otoños y soles de San Juan, henchida su madera tachonada de amores a su tierra que él demostraba vestido orgullosamente de gaucho. Desde el infinito celeste el cajoncito ahora perforado de estrellas vuela auroras de lumbre y pájaros, y descerraja hacia una esquina que le es propia un cono de luz para no irse jamás de allí.
Carlitos Almada, el "Gauchito de la Peatonal", enarboló su banderita en el pico de una paloma traslúcida que sobrevuela la ciudad. Ahora él es un himno patrio de luz y silencios que ha tomado por completo la tonalidad del cielo.
La patria es mucho más que un territorio común; es una sensación inconfundible en el pecho, así como la vivía Carlitos, quien se ponía la piel de gaucho a cada paso porque le brotaba inevitable desde los laberintos del alma, y con ese atuendo inofensivo la instalaba en una esquina de la provincia donde fue personaje y gorrión.
Todas las mañanas te encontraré allí, vertical ante los fríos y las nieblas, sobre el hueco de tu cajoncito tachonado, como una espada triunfal que ha encontrado la patria entre los moretones de pomada y los pases mágicos del paño que vuela sobre los soles y las emociones.
