La transformación del papa Francisco en la Iglesia Católica trasciende a la política internacional por su profunda preocupación por los conflictos mundiales, lo que fortaleció la diplomacia vaticana. Como artífice del proceso de deshielo de Cuba con Estados Unidos, tras más de medio siglo de enfrentamientos, la reciente visita de Raúl Castro al pontífice tuvo elogios que superan el marco protocolar, por el papel mediador de Bergoglio.

El impresionado líder comunista no ocultó su entusiasmo: "Salí impresionado por su sabiduría, por su modestia y todas las virtudes que sabemos que tiene. Yo leo todos los días los discursos del Papa y si sigue hablando así, volveré a rezar y volveré a la Iglesia Católica, y no es broma", dijo, y se refirió al origen jesuita del papa y a la escuela jesuita a la que iba Castro, pero después no podía ser miembro del Partido Comunista si era católico. A su juicio, ahora se ha dado un paso adelante.
Durante los 55 minutos de la audiencia se consideraron los temas sociales y económicos del documento programático de Francisco y, al obsequiarle un medallón con la imagen de San Martín de Tours, que con su manto cubre a los pobres, se coincidió en la necesidad de cubrir la miseria de la gente y después promover su dignidad. Según el presidente, hay que aprender a vivir con las diferencias, como lo están haciendo con EEUU, y al lamentó que Cuba esté en la lista de países terroristas, que quizás el 28 de mayo próximo el Senado estadounidense cambie esa posición no obstante las dificultades del presidente Obama por su minoría parlamentaria.

La estrategia de Francisco frente al comunismo también lo lleva a mirar a China, convencido en que el futuro de la Iglesia está en Asia, según sus actitudes ante el coloso asiático. Se supo que la diplomacia de la Santa Sede opera con cautela para superar pronto las diferencias que llevaron a la ruptura con Pekín, hace 63 años. La mediación de Bergoglio para lograr el sorpresivo reencuentro de EEUU y Cuba, indica una pericia diplomática sorprendente.

Vale recordar las declaraciones del embajador de Japón ante la Santa Sede, Teruaki Nagasaki, un admirador de Francisco por su gran habilidad comunicativa, por su profunda preocupación por lo que pasa en el mundo actual y por su determinación a intentar mejorar la situación internacional.