Nadie pone en duda la capacidad discursiva de Cristina Fernández de Kirchner, porque sería necio hacerlo. Ha demostrado que es capaz de convencer a multitudes gracias a inteligencia y a su manera de exteriorizar pensamientos. A pesar de esa envidiable condición, la mandataria ha sufrido varias veces traspiés políticos por equivocar las palabras. Y parece que ahora esa impronta le jugó otra mala pasada: al hablar de la deuda y los fondos buitre mencionó la palabra extorsión, cargó culpas a otros y no dijo qué iba a hacer para solucionar el problema entre manos. Más tarde, el viernes, remendó con un discurso mucho más moderado y con alguna pista -no todas como es lógico- del plan de salvataje, trabajo que la ciudadanía, por cierto, le endilga a ella, no a los que se robaron la plata hace más de 40 años como relató largamente en su discurso. Pero ya era tarde. La imagen de una Cristina desafiante ya había recorrido el Mundo y llegado a los lugares donde no convenía que llegase. También, vale la pena aclararlo, sería ingenuo y hasta tendencioso pensar que si Cristina en lugar de hablar de extorsión hubiese dicho, por ejemplo, ‘Gracias Justicia de Estados Unidos por la oportunidad de ponernos al día con nuestras deudas’, la situación hubiese cambiado. Ni una cosa ni la otra. No se trata de Buitres o Patria, blanco o negro, Boca o River. Se trata de negociar, hablar, convencer, proponer, no de confrontar y mucho menos con este enemigo, que a diferencia de muchos otros en la corta historia del kirchnerismo, no teme. Es momento de bajar los decibeles porque la lucha ahora es por la supervivencia. Y bajar los decibeles no es entregar la Patria como dicen, tampoco es agachar la cabeza, es ser un poco más inteligente de lo que fueron muchos desde los comienzos de la historia de este país hasta ahora. Si lo hubiesen sido, es evidente que hoy la realidad sería otra. Y ojo porque los errores de lecturas políticas y de discurso no ocurren sólo en el oficialismo, también en la oposición hay sobrados ejemplos de mal hablados. En Argentina vamos a morir como el pez, con la boca abierta, parece.
Primero, un pequeño resumen: la Corte Suprema de Estados Unidos rechazó la apelación de la Argentina para que se revisaran los fallos del juez Thomas Griesa y de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, que reconocieron la demanda de tenedores de bonos argentinos aún en cesación de pagos, llamados holdouts o "fondos buitre". El fallo de Griesa estableció que el total de capitales e intereses de esa deuda asciende a más de 1.330 millones de dólares, que deberían depositarse antes del 30 de junio próximo cuando la Argentina debe efectuar otro pago por los bonos Discount, que viene del canje de deuda. Ese monto asciende a 900 millones de dólares. La mandataria dijo el viernes que tiene intención de acordar con todos, pero no se sabe cómo, ya que hay que pagarles a quienes entraron al canje y ahora, a quienes no lo hicieron. El país planteó la posibilidad de abonar en territorio nacional y no en Estados Unidos para evitar que el dinero se reparta entre los del canje y los bonistas beneficiados por la Justicia yanqui, pero ayer el juez Griesa se negó públicamente a esa maniobra porque dijo que la idea viola un fallo anterior y, acto seguido, reclamó el pago en los bancos de su país. Si eso ocurriese la Argentina no cumpliría con ninguno. ¿Resultado? Default técnico. ¿A quiénes hay que pagarles? Por ejemplo, el fondo NML Capital compró bonos por U$S48,7 millones en 2008 y ahora hay que depositarle U$S832 millones, 1067% más, según reveló la presidenta Cristina Kirchner en Cadena Nacional. ¿Si es justo? No, claro que no lo es. Pero son las reglas de juego a las que el país se sometió y son las que deberá tener en cuenta a la hora de negociar. No hay escapatoria.
Sobre las famosas formas del kirchnerismo para tratar casi todos los problemas y en particular éste, hay sobrados ejemplos: el 22 de octubre de 2012 CFK dijo: ‘Se podrán quedar con la Fragata, pero con la libertad, la dignidad y la soberanía no se va a quedar ningún fondo buitre’. Luego, en 2013 se despachó con ‘Como dijo San Martín: vamos a pelear, y cuando no tengamos nada, pelearemos en pelotas’. El remate llegó la semana pasada cuando se conoció la decisión de la corte norteamericana: ‘La vocación argentina es pagar, pero no vamos a aceptar ser sometidos a semejante extorsión’. El brusco cambio asomó viernes en medio de los actos por el Día de la Bandera: ‘Acá en la Argentina lo que sobra es buena fe y la hemos demostrado haciéndonos cargo de nuestras deudas’, ‘que nadie se equivoque: nosotros queremos cumplir con el 100%: con el 92,5 que accedió al canje y también con los que no ingresaron’. Y, para no dejar dudas, avisó ‘he dado instrucciones de que nuestros abogados pidan al juez que genere condiciones para negociar’. Muy distinto a otros discursos. ¿Por qué es importante cuidar lo que se dice? Los abogados de los fondos buitre en la reunión que hubo esta semana en Estados Unidos le demostraron al juez que la Argentina no tiene ganas de pagar, armados con videos de los discursos oficiales, sobre todo el de la Cadena Nacional que fue tapa de todos los diarios del país. Las declaraciones públicas en este mundo globalizado causan entusiasmo y depresión con la misma velocidad y profundidad. Lo que ocurre en Argentina rebota en cuestión de segundos en la oficina de los ejecutivos que reclaman la plata que este país les debe. Y eso tiene su impacto, sí o sí. Entonces, ¿es importante cuidar lo que se dice? Claro que sí, no hay forma de escapar a las consecuencias de desinteligencias en materia de comunicación. Para colmo el kirchnerismo tiene experiencia en esto de la palabra mal dicha o desacomodada: ‘Esas cosas son para La Matanza, pero no para Harvard’; ‘La diabetes es una enfermedad de gente de determinado poder adquisitivo’; ‘Sólo hay que tenerle temor a Dios y a mí un poquito’, dijo Cristina en distintos pasajes de su gestión. Ninguna de esas frases le trajo felicidad, ni lo hará.
Pero aparentemente el discurso violento y fuera de lugar no es patrimonio del oficialismo: Elisa Carrió, por ejemplo, escribió en una red social esta semana que "El Gobierno busca crear un clima pre-bélico (…) con el propósito de mostrarse como salvador de la Patria y esconder sus errores en la renegociación" de la deuda. Y remató: "Suena al episodio de Malvinas, invadir para retirarse y negociar; y luego por populismo quedarse hasta ser absolutamente derrotados". Sobran las aclaraciones. Sergio Massa fue un poco más caballero en las palabras, pero también violento en el contenido: inmediatamente conocida la noticia salió a pedir que se reúna una Comisión Bicameral en el Congreso para que el oficialismo esté respaldado políticamente ante las decisiones a tomar. El Gobierno está legitimado, y no lo legitimó él, lo legitimó el voto. Salir a pedir legitimidad política en público es, cuando menos, querer todo lo contrario. No sirve y por suerte no prosperó. Otros, como el radical Ernesto Sanz o el santafecino Hermes Binner, fueron mucho más moderados en especial con el Gobierno, que es lo que se necesita en estos momentos. Ya habrá tiempo de criticar. Hoy son tiempos de negociar, de ser cautelosos, de mirar al costado para asegurarse cada paso. Pero claro, no es el estilo. Y el estilo para este Gobierno y algunos opositores lo es todo. Ojalá que esta lección deje alguna enseñanza porque la vida no da demasiadas oportunidades como la que se está viviendo.

