Cuanta añoranza. No hay dudas de que muchas personas, el recuerdo lo llevan para siempre. La referencia es para aquellas épocas de escuela primaria durante la Semana de Mayo en la década de 1970. Para rememorar esos momentos, se puede tomar como ícono a una escuela casi céntrica como lo era y es la ‘Luis Jorge Fontana”, que por la tarde se llamaba ‘Julio León”, la que está justo frente al Parque de Mayo.
Cuanta expectativa. No sólo que había que hacer temas especiales y alusivos a tan significativa fecha de la Revolución de Mayo de 1810. También, a esas actividades se sumaban a los ensayos para la fiesta, en la que todos los alumnos de los distintos grados participaban de una u otra forma.
Las reuniones de padres previas a ese día festivo en la escuela eran de carácter obligatorio y no faltaba nadie. Por lo general asistían las madres porque los padres trabajaban. Las reuniones eran para organizar distintas actividades que unidas, serían el todo de la celebración patria dentro de lo que se suele llamar ‘comunidad educativa”.
Entre los temas que se tocaban era el vestuario de los niños que tenían que representar a variados personajes de esa semana, que quedó en la historia de quienes nacimos en esta tierra. Personajes como el vendedor de velas, al aguatero, la negra mazamorrera, las damas antiguas, los caballeros, los patriotas, entre otros, formaban parte del elenco que había que representar.
Como no podía ser de otra manera, un grupo de madres ayudaba a los porteros para preparar un chocolate en dos, tres y hasta cuatro tachos de 50 litros, que se cocinaban con leña. Además, muchas madres llevaban desde sus casas, las exquisiteces dulces como bizcochuelos, churros, sopaipillas, facturas, semitas y todo aquello que fuera alusivo a tan importante fecha. Es que se trataba del cumpleaños de la patria. Entonces había que festejarlo en grande.

En esos tiempos, las maestras eran personas sumamente respetadas, no sólo por los niños, sino por padres y madres. Sus dichos, sugerencias o pedidos eran ‘palabra santa” para la familia de cada alumno. Es por eso que al momento de la fiesta, todo lo que decían las maestras se hacía. Se trataba de un ejército de padres que ayudaban a organizar el festejo del 25 de Mayo de 1810. El día de la celebración era todo movimiento en la escuela, durante el turno tarde. Las dos últimas horas de la jornada escolar eran las destinadas para la fiesta. Las clases eran normales, pero había una ansiedad y mucha alegría en el ambiente. Era la fiesta.

Cuando sonaba el timbre que anunciaba el final de las clases, el recreo parecía más largo de lo normal. Todo el mundo a prepararse para la fiesta. En el ambiente había algarabía, ansiedad, rostros felices y concentrados en que cada detalle saliera bien: Es decir, desde el vestuario, los peinados, las caracterizaciones, la escenografía, gastronomía y cada minúsculo detalle de la organización. Nada quedaba librado al azar. Todo era profundo respeto a la dirección de cada maestra.
El aula se convertía por varios minutos en camarines como de teatro. Allí estaban las madres vistiendo y pintando a sus hijos para una de sus participaciones, la profesora de música preparada para tocar el piano negro. La organización de las otras maestras ubicando las filas de los alumnos de los diferentes grados.

A todo esto, en la galería y en el patio de la planta baja, se ubicaban el resto de los alumnos y las visitas que llegaban en gran manera para festejar el Día de la Patria. Muchos que querían ver a sus hijos, nietos, primos o amiguitos que tenían algún rol importante que mostrar en la celebración.
Ni bien ingresaba la bandera de ceremonias, los acordes del piano y luego todo lo formal de cualquier acto. Todo, hasta que una maestra comenzaba a relatar qué aconteció en esos días de mayo. Eran ahí, entonces, la entrada en escena de distintos personajes de esa época que pasaban por el escenario y delante de una gran concurrencia.
El patio, todas las aulas y los pasillos, estaban adornados con escarapelas, cintas celestes y blancas, gallardetes con los mismos colores y afiches con las imágenes de los próceres.
El final de la fiesta a puro grito de ¡Libertad, libertad y viva la patria!!
Al terminar el acto formal, a todos los presentes se les servía el chocolate, con el sonido de fondo del bullicio de los niños y la alegría propia de un cumpleaños. Pero no era cualquier celebración. Se trataba del cumpleaños de nuestra querida patria.