Así será recordado. Faustino Domingo, el revés de Sarmiento. Con más de 70 mil fallecidos, el 20 por ciento del total de muertes por año en Argentina, ya es imposible aspirar a calificar bien en el manejo de la pandemia. Por si esta cifra no bastara, queda para el registro histórico el empecinamiento de insistir contra un documento imborrable, una sentencia de la Suprema Corte que ordenó reabrir las escuelas. Están también las opiniones explícitas del periodismo, primer antecedente de los libros, la oposición organizada de padres y madres de alumnos, los abrazos a edificios escolares. Además, que se sepa, hasta el momento nadie recuerda algún Presidente o mandatario de país alguno por el correcto o erróneo manejo de una epidemia. Epidemia, porque recién en este siglo puede hablarse de pandemias que afectan a todo el planeta, resultado del incremento del comercio, del turismo mundial y de la velocidad de los medios de transporte. En el siglo XIX como en el XX, hubo epidemias restringidas a extensos pero a la vez limitados espacios geográficos o regiones, nunca antes como ahora a todo el orbe. En nuestro país, Alberto Fernández ha interpretado que su participación en la historia será el manejo del covid-19 y al parecer se entusiasmó cuando arrancó bien tanto que se animó a compararse con otros países y mandatarios. La cuestión económica, la deuda, la inflación venían de antes y habían tenido resultados distintos con distintos actores en los últimos años. La pandemia era un problema nuevo cuya solución quedaba sólo para él, una oportunidad de poner el sello personal en los manuales de historia. Sin embargo, un recorrido rápido por nuestros antecedentes y los de otros países y líderes mundiales, muestra un resultado totalmente distinto. Cual más cual menos, muchos debieron enfrentar dificultades graves y alguna que otra peste prevaleciente, lepra, viruela, cólera, fiebre amarilla, poliomielitis, peste negra, sida pero, como comprobamos, nadie los recuerda por el modo de control de esa situación sanitaria.

En la actual situación el Presidente todavía tiene chances de cambiar.

A Sarmiento se lo recuerda por la educación y no por administrar la fiebre amarilla, que lo obligó a salir por un tiempo de Buenos Aires. La peste pasó pero la educación quedó. Nicolás Avellaneda, otro prócer de la educación que venía de ser Ministro de ese área en la Presidencia de Sarmiento, debió luchar contra el cólera que llegó desde Brasil en 1876 y se propagó por la acumulación de inmundicia en Buenos Aires, sobre todo en el Riachuelo. A esa mugre atribuyó la expansión de la peste su Ministro Guillermo Rawson, cuyo nombre lleva nuestro Hospital principal. Para poner las cosas en perspectiva, por el cólera llegaron a morir en Mendoza entre 50 y 100 personas por día y se debió cavar fosas comunes para enterrarlos. Por aquél entonces gobernaba San Juan Rosauro Doncel, apellido ilustre repetido en calles y en descendientes sin que se haga mención alguna a la peste. El cólera se mantuvo presente hasta 1895, pero se recuerda a Roca por la campaña del desierto, a Juárez Celman por ser su inepto concuñado, a Pellegrini por el Banco Nación, a José Evaristo Uriburu por su descendiente golpista de 1930 y a Luis Sáenz Peña por ser el padre de Roque, creador del voto universal por padrón militar. Al líder radical Hipólito Yrigoyen le tocó en pleno la gripe española y a Perón combatir con gran éxito el paludismo con su excelente ministro sanitarista Ramón Carrillo usando un nuevo compuesto, el DDT. Estricto sentido republicano y justicia social es lo que se recuerda de cada cual. Como con Guillermo Rawson, las enfermedades quedaron para ser resueltas por los ministros de Salud y los Presidente se dedicaron a mirar un panorama más amplio, instituciones, economía, seguridad social, defensa, justicia, educación. Lo más cercano que hemos tenido fue el Sida con Alfonsín y la gripe A con Cristina y, que se recuerde, nadie atribuyó a uno u otro la cura o la consecuencia de estos males, tanto que el SIDA tiene tratamiento pero no cura hasta el día de hoy. Es posible que pudiéramos hacer lo mismo con los dirigentes máximos de otros países y aún de líderes remotos como Genghis Khan o Alejando Magno, en cuyas épocas reinaron la lepra o enfermedades de transmisión sexual como la sífilis. No obstante Alberto, poco analista del pasado como que atribuyó el guardapolvos blanco a Sarmiento, muerto en 1888 cuando la prenda se usó por primera vez en 1919 por sugerencia de la maestra Matilde Filgueras, ha decidido echarse la cuestión sanitaria al hombro con frases impactantes como "vamos a cuidar la salud de los argentinos", "la economía se recupera, la vida no", "a fines de enero tendremos 20 millones de vacunas" etc. La realidad actual y la revisión histórica hasta ahora no le dan la razón. En su más reciente iniciativa envió al Congreso un proyecto de ley pidiendo se le confiera autoridad absoluta para tomar decisiones "sanitarias" cuando a esta altura políticamente sería más convenientes distribuir responsabilidades entre los gobiernos locales y concentrarse más en una macroeconomía que viene bastante enferma, sin retomar vuelo, reconstruirse ni estabilizarse. El viaje a Europa es bueno, mirar otras cosas, escuchar otras voces, salir del encierro voluntario y romper el entorno vicioso de malos consejos, tener un panorama que supere la fecha de las próximas elecciones. Todavía está a tiempo de cambiar, le restan más de 2 años de mandato y vaya si hay cuestiones que están resultando más costosas y rebeldes que el covid. Por ahora, no puede aspirar a que se lo recuerde por la salud ni por la prolijidad en la gestión de las vacunas y, ¡cuidado!, corre el riesgo de quedar en la memoria como quien cerró las escuelas. Tal vez esto último ya sea inevitable.