Que España deje la monarquía para abrazar la república será una decisión futura a referéndum. En gran parte no dependerá de la voluntad de Felipe, sino de su liderazgo. Son tiempos complicados para él, pero no tan difíciles como los que experimentó su padre en 1975 al suceder al dictador Francisco Franco y en 1981 al neutralizar el último intento de golpe de Estado. En aquella época no se negociaba monarquía por república, sino dictadura por democracia.

Pese a todo su peso político, al rey Juan Carlos hace rato que se le adelgazó el teflón que lo impermeabilizaba de las críticas y que protegía a la monarquía de protestas públicas como las que explotaron tras su renuncia. Su férrea popularidad de entonces se derrumbó en el último lustro por su timidez para no tomar el toro por las astas al principio del caso Noos, por su ingenuidad sobre la honestidad de su yerno Iñaki Urdangarín, por sobreproteger a su hija la infanta Cristina y, entre otros errores, por sus safaris de elefantes y faldas, actitudes monárquicas que antes respetaba y silenciaba el periodismo, pero que ya no resisten en esta época de fiscalía pública que se ejerce en Internet y redes sociales.

La monarquía, encarnada ahora por Felipe y la plebeya Letizia, quien le dio a la familia real aires de gente como uno, aún parece a salvo porque ni las críticas ni las manifestaciones tienen por destinatario al todavía príncipe de Asturias. Felipe, su madre Sofía y Letizia son quienes mantienen en alto la popularidad de los Borbones, muy por arriba de otras instituciones democráticas depreciadas, léase partidos políticos y parlamento.

Felipe tiene mucho crédito en su banco de confianza. Se le estima por su austeridad, sobriedad, prudencia, por despegarse de los problemas familiares y no haber seguido los pasos alocados de otras dotes monárquicas de Europa, conocidas por salir en tapa de revistas del corazón con amoríos, rebeldías y excentricidades.

Así como por la similitud en las renuncias sorpresivas de los líderes de España y el Vaticano, Felipe debería poder verse en el espejo de Francisco. El Papa, a fuerza de gestos y decisiones, está ayudando a una renovación profunda de la Iglesia, limpiándola de décadas de roña, vicios y corrupción. Reflejándose en Francisco, Felipe tiene la oportunidad y el carácter no solo de transformar a la monarquía, haciéndola más práctica y menos protocolaria, sino de exigir al gobierno, y a toda la clase política, una nueva cultura basada en la transparencia, eficiencia y en la rendición de cuentas.

El destino de la monarquía parlamentaria ya no depende de la reputación democrática y constitucional del rey Juan Carlos I -características que se dan por sentada en cualquier sociedad moderna- sino de las decisiones que a partir del 19 de junio empiece a tomar Felipe VI.

La subsistencia del actual régimen está depositada en los gestos y acciones del nuevo rey. En la unidad que consiga de una España siempre tironeada por su gran diversidad. En el crédito que le extiendan los connacionales de su generación y más de la mitad de los españoles que, habiendo nacido después de 1975, no tienen apego ni se desviven por la Corona, sino que quieren vivir con más y mejor.