El desabastecimiento de combustibles líquidos dejó de ser un problema coyuntural, según las evidencias con aceptación explícita de los responsables, y todo indica que la importación de carburantes es la única salida ante la insuficiente producción nacional. Ya no son conflictos laborales en la zona petrolera, ni complicaciones estacionales para abastecer a las estaciones de servicios, ni de otros imprevistos sino de un fuerte desequilibrio entre la oferta y la demanda, a pesar de los sucesivos aumentos de los precios de surtidor que han impulsado masivas conversiones a GNC de vehículos nafteros.

Lo cierto es que hoy la Argentina produce alrededor de un 8% menos de naftas que en 1994 (6,7 contra 6,2 millones de m3/año), cuando el parque automotor era 3,4 millones de unidades contra los 9,4 millones de vehículos actuales. Las diferencias de precios con el mercado externo, hace cada vez más difícil y costoso compensar el faltante con importaciones, no obstante lo cual en los primeros meses de este año se importaron 106.000 m3 de nafta, que escasamente cubrieron la demanda de una semana en el país. Si en 2010 la importación de naftas marcaron un récord histórico con 140.000 m3, en 12 meses, es de imaginar el enorme drenaje de divisas que tendrá 2011, porque no hay otra alternativa que la importación.

De alguna manera lo anticipó el secretario de Energía, Daniel Cameron, en el Congreso: "Si el crecimiento propio del país nos hizo importar un poco de gas o energía eléctrica, probablemente también nos haga importar un poco de naftas que no es ningún pecado”, dijo. El pecado es no invertir en exploración ni en infraestructura hidrocarburífera para el autoabastecimiento.