Puñales, lazos, lanzas, boleadoras y ponchos fueron las armas de los patriotas de Güemes contra las poderosas fuerzas realistas. En Salta y Jujuy el heroísmo criollo escribió esa epopeya. Terminada la guerra con Napoleón, 10.000 veteranos que se habían batido contra el primer Capitán del siglo fueron enviados por el rey de España a pacificar las colonias rebeldes de América. En 1815, tras vencer a Bolívar, esas tropas vinieron a sofocar la revolución sostenida por Buenos Aires.

Este poderoso ejército realista constaba de 14 cuerpos de línea, 7 batallones de Infantería y 7 escuadrones de Caballería y 16 cañones de la dotación de Artillería. Contaba también con abundantes municiones, vestuarios, equipaje, hospitales y una "caja” de 700.000 pesos fuertes. Su jefe era don José Alvarez de La Serna e Hinojosa, Mariscal de Campo y Caballería de Su Majestad. El 3 de enero de 1817, luego de tomar Humahuaca, se dio la orden de invadir a Jujuy y fueron, en el decir popular, los sarracenos, la más poderosa fuerza realista que viera esta parte de América.

¿Contra quién tenía que pelear tan selecta tropa? Contra un ejército de dos provincias, Salta y Jujuy, levantados en armas a las órdenes del caudillo don Martín de Güemes, con una tropa de hombres que iban a la guerra con lo que poseían: sus puñales, lanzas, boleadoras y ponchos. La Serna los calificó de bandidos y, en un principio, no respetó a los prisioneros haciéndolos fusilar. "¿Cree usted por ventura- describía- que un puñado de hombres desnaturalizados y mantenidos por el robo, sin más orden, disciplina e instrucción que la de unos bandidos puede oponerse a una tropa acostumbrada a vencer a las mejores de Europa?". ¿Sus jefes? Improvisados militares criollos, civiles obligados por las circunstancias a tomar las armas enfrentando a la "flor y nata" de la oficialidad española. Sin embargo, como festejaron los gauchos, a los maturrangos la taba les echó la desgracia; al poco tiempo tuvieron que reconocer que peleaban contra un ejército y respetar las leyes de la guerra. Una sencilla medicina curó a La Serna de su soberbia. Güemes autorizó a los gauchos a sacarles a los prisioneros españoles una tira de piel de dos dedos de ancho desde el cuello hasta la cintura y devolverles la libertad…sólo cuando La Serna dejara de fusilar, los criollos dejarían de desollar. A partir de ese momento comenzó la derrota del invasor, material y moral, que concluyó el 5 de mayo cuando los godos regresaron al Alto Perú. Los refuerzos que pidió Güemes al Gobierno Central llegaron después: 40 fusiles, 300 caballos flacos que fueron para el jefe de la Comandancia de San Carlos, don Gaspar López. Pero a Güemes… le sobraba con el pueblo.

(*) Escritor.