Benedicto XVI concluyó su peregrinación a Tierra Santa el viernes 15 de mayo. Al saludar al presidente de Israel antes de partir a Roma, el Papa ha llegado a decir que el olivo plantado por los dos juntos, en el jardín del palacio presidencial, es "la imagen utilizada por san Pablo para describir las relaciones estrechísimas entre cristianos y judíos". A esta imagen él ha hecho seguir otras dos instantáneas destacadas: su visita al Museo de la Memoria, el Yad Vashem (en hebreo "yad", memorial, "shem.", nombre) y el muro divisorio entre Israel y los territorios palestinos. Estos dos momentos han suscitado críticas hacia el pontífice. En Yad Vashem se le ha reprochado de ser evasivo y frío al describir y condenar la Shoah, cuando en realidad Benedicto XVI se había distanciado de las fórmulas usuales, para desarrollar más bien una reflexión original y profunda sobre el nombre de todas las víctimas de entonces y de siempre, desde el tiempo de Abel. Nombres indelebles no tanto porque están impresos en la memoria de los hombres, sino porque estuvieron en vida irrevocablemente custodiados por Dios. Nombre que en la Biblia coincide con la persona y la misión de cada criatura.
Allí dijo: "He llegado hasta aquí para detenerme en silencio frente a este monumento, erigido para honrar la memoria de millones de judíos asesinados en la horrenda tragedia de la Shoah". En medio de toda la manipulación del mensaje de Benedicto XVI y de todas las protestas porque no se alinea lo suficiente con ningún grupo, vemos la grandeza y singularidad del Papa. Ningún otro líder en el mundo puede hablar con la misma autoridad moral o imparcialidad. Su verdadero rechazo a ejercer la política partidista es la causa de que a menudo su mensaje sea rechazado. Para corroborar esto, basta sólo un ejemplo. Uno de los que han levantado la voz sobre la supuesta falta de remordimiento del Papa por la Shoah (Holocausto) es el rabino Ysrael Meir Lau, presidente del Memorial Yad Vashem: calificó el discurso del Papa como "sin compasión" por la horrible tragedia de los 6 millones de víctimas. También se lamentaba que en ese lugar no hubiera dicho que era alemán.
Es necesario recordar que cuando el pontífice visitó el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau en Polonia, el 28 de mayo de 2006 afirmó: "Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. Yo estoy aquí como hijo del pueblo alemán, como hijo del pueblo sobre el cual un grupo de criminales alcanzó el poder mediante promesas mentirosas, en nombre de perspectivas de grandeza, de recuperación del honor de la nación y de su importancia, con previsiones de bienestar, y también con la fuerza del terror y de la intimidación; así, usaron y abusaron de nuestro pueblo como instrumento de su frenesí de destrucción y dominio".
El rabino Lau no es ajeno a las críticas del papado. Ha sido también incansable a la hora de desacreditar a Pío XII, incluso cuando esto signifique distorsionar la verdad. La "Noche de los Cristales Rotos" fue una fecha fatídica de violencia contra los judíos ocurrida en Alemania y Austria entre el 9 y 10 de noviembre de 1938, conocida como el paso previo hacia el inicio del Holocausto. Al cumplirse los 60 años de aquella triste noche, se realizó una conmemoración en Berlín en 1998. En ese entonces Lau era rabino jefe de Israel y fue invitado a hablar. En su apasionado discurso, hizo la pregunta condenatoria: "¿Pío XII, dónde estabas? ¿Por qué permaneciste en silencio durante la Noche de los Cristales Rotos?". El único problema es que Pío XII fue elegido cuatro meses después de esa noche, es decir, el 2 de marzo de 1939. A pesar de ese grave error, nunca Lau pidió disculpas ni perdón por haber difamado a Pío XII.
En cuanto al muro construido por los judíos y que divide a Israel de los territorios palestinos, la crítica que muchos judíos hacen a la Santa Sede es la de descuidar la finalidad de la barrera de seguridad, contra las incursiones terroristas, y de ser partidario más de los palestinos que de los israelitas. En su discurso final, el Papa ha expresado a propósito de este tema: "Una de las visiones más tristes para mí, durante mi visita a estas tierras, ha sido la del muro. Mientras lo bordeaba, he rezado por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin la necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación…". La peregrinación de Benedicto XVI a Tierra Santa no ha sido política sino espiritual. Ha sido un éxito, porque ha podido ser instrumento de paz para el diálogo con judíos, musulmanes, y de apoyo pleno a las pequeñas y sufrientes comunidades cristianas diseminadas en la tierra de Jesús.
