Muestras de dolor y sufrimiento en la guerra en Ucrania.

Hay que volver al fundamento y al ser de las cosas. El hábito de la apariencia en un contexto de violaciones a los derechos humanos, o la misma actitud de pasividad ante las infracciones graves al lícito humanitario, nos exige reivindicar más que nunca el ajustado obrar y decir, en coherencia con la verdad para hacer justicia y proporcionar a los dañados, tácticas efectivas, a fin de restituir la dignidad que nos merecemos, por el simple hecho de caminar. 

Sólo hay que ver las consecuencias de la guerra en Ucrania, como nos impacienta el ambiente o el mercado mundial de alimentos y energía, mortificando y atormentando en bienes y servicios, pues sus implicaciones son adversas para cualquier diario viviente, también para la agenda climática mundial.

Nos vendrá bien prestar atención a nuestra voz interior, después de haber oído la voz colectiva de la comunidad internacional, en continua condena de posturas inciviles, calificando a esta contienda como un genocidio declarado que es lo que realmente está ocurriendo. Singularmente fusionados, estáticos ante la estética natural, podremos sensibilizar los ánimos hacia la ecuanimidad, cultivar la cultura del abrazo y alentarnos a trabajar en la conformidad, por una humanidad realmente franca y fraterna. ¡Ojalá acertemos en la orientación a golpe de diálogo sincero!

Observando las diversas situaciones injustas, que a diario se producen de raíz por los rincones del mundo, vemos que andamos hambrientos tanto de verdad como de justicia. Cualquier hecho que se produzca, por complicado que nos resulte, entraña tener un conocimiento pleno de los actos que se produjeron, de los individuos que participaron y de las circunstancias acontecidas. El planeta necesita esclarecerse para que puedan amarse sus moradores. 

Tampoco podemos continuar ciegos ni sordos ante el aluvión de víctimas, deseosas de que se limpien horizontes en virtud del derecho internacional. Cuando lo auténtico se extingue por lo fingido, nada permanece y todo se desmorona en un camuflaje de despropósitos permanentes, difíciles de entender. De ahí, lo importante que es repensar sobre nuestras acciones, tanto individual como comunitariamente, para poder salir de esta hipócrita serie completamente enigmática.

En la oscuridad de las tinieblas, de principio a fin, vestimos el traje de perdedores. Nadie se salva. Por eso, tenemos que ser capaces de dar vida al sol de la evidencia, ponernos en faena para reconstruir un orbe más equitativo, menos ahogado por los lamentos, más solidario entre unos y otros. 

 

Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor