Las nuevas generaciones, desconectadas entre sí, sostienen que la palabra y el respeto al prójimo, son bienes no heredados distintivos en los abuelos. Resulta insignificante -por lo tanto-, su valoración ya que duermen en la impotencia de su descendencia ante la incapacidad para sostenerles, resintiéndose la autoridad del jefe familiar y del educador, que colmada de vergüenza, reposa inerte en su evocadora nostalgia.
En esa referencia de la nueva luz, los argentinos transitamos caminos opuestos a la vida de relación. Somos poco proclives a definirnos como lo que somos y nada hay más contradictorio en una persona que la incapacidad de reconocerse en sí mismo como lo que es. Esta modalidad que desvaloriza conceptos señeros de convivencia, instaló con baratijas el hábito risible y fachoso de la burla, el atentado persistente que avasalla la ética y la relatividad a la que está siendo sometida la moral argentina. Estas usanzas deliberadas de grave perfil, destruyen sistemáticamente los elementos constitutivos del ser cultural, legado en simbiosis transcultural y lo construido en el propio suelo. Más allá de la aceptación o rechazo, el nuevo ser adosado al biológico, se fue constituyendo y consolidando con características peculiares en el transcurso de un tiempo ligado también a su pertenencia, emergente de corrientes colonizadoras que poblaron su territorio y el acopio sustantivo de inmigrantes, con defectos y virtudes, con bienes y males. En medio de esa recepción formativa de su entidad, de la herencia fundacional y de la natural adherencia de sus comunidades a la evolución, el hombre y la mujer argentinos crecieron y se organizaron en torno a valores, creencias y costumbres. Con el empuje que dinamiza ilusiones y proyectos, esculpieron la argamasa cimentada y modeladora de la propia identidad nacional.
Costó mucho dejar de ser "los hijos de" hasta ponerle mayúsculas a la Argentina nuestra de cada día. No podemos, por lo tanto, transar con la estúpida insensatez que nos roba tan valiosa y sagrada obra hacedora, gallarda y garbosa de los tiempos y de la vida, donde reposa la sustancia distintiva que abonó la estirpe, pinceló el linaje, meció su alcurnia y conformó la raza que aún genera su epitelio para que resida en acto su jalonada cultura, anhelante por realizarse en la familia, siendo ella dadora del aliento al ser argentino.
Esa familia, que es tan vuestra como nuestra, suya y mía desde los pies hasta la cabeza, con su pasado y futuro, desde el principio hasta el fin… ¡Esa Argentina está amenazada brutalmente! Sí, nuestra Argentina vive heroicamente bajo la diáspora constante y permanente de elementos nocivos de toda índole que avasallan e hieren la sustancia de su constitución, donde reside ese individuo que somos, al que debemos amar y valorar en su dimensión no satisfecha porque que no ha salido de un peñasco. Sin embargo, lo importante no es saberlo sino advertirlo en su diferencia esencial que deviene de la creación cuando fue dotado de inteligencia por el Hacedor. Ese talento penetrado en sí -la inteligencia-, proyecta al ser humano como tal en la medida que utiliza ese bien para salvaguardar y proteger su integridad en los distintos sentidos de la existencia y ante el ataque desmesurado de la propia invasión humana, cuando se ha sustituido el precepto por un engendro babilónico de suntuosa e innecesaria fastuosidad.
Por esas cosas de la vida y el modo de concebir el presente desde la cima exagerada de banalidades que impregnan la sociedad moderna, puede resultar difícil definir la burla, esa expresión grotesca que según algunos autores, habita en aquellas personas que no tienen la idea de humanidad, ni respeto, ni mucho menos un poco de cultura, decencia o instrucción que les permita portarse o mostrar sus buenos modales. Sin embargo, con qué facilidad la soportamos todos los días en este reino del ridículo y de la frivolidad que ha transformado en hostil la vida de relación en una sociedad que se mofa del otro con extremada sorna y estridencia.
Por otra parte, la ética, es catalogada por muchos autores como la ciencia de los actos humanos ya que está más cercana a la orientación en los actos o en las obras. Están los que sostienen que es la ciencia de la voluntad en orden a su fin; y hay quienes piensan que además, se la puede denominar como la ciencia de los principios constituidos de la vida moral. Lo concreto es que la ética como la moral -soslayadas en tiempos que marcan la ausencia del compromiso-, no significa lo mismo y tampoco son sinónimos como se suele creer y confundir a menudo. La ética nos aporta valores universales, mientras la moral nos confiere las distintas aplicaciones que tiene la ética. Sin embargo, una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. La moral se manifiesta en costumbres, hábitos y valores.
La desvalorización de la ética y su moral conlleva a la desnaturalización de la cultura de un pueblo. Si le agregamos el bufón que nos ha embutido el corazón para distinguirnos como jocosos, divertidos y burlescos, la ruindad nos espera a la vuelta de la esquina. ¿Nuestra carta de presentación ha desteñido su grafía? Pensémonos.
