Lo homenajeo, Veguita. Creo que entraba el invierno. Sin esperar la llegada de sus compañeros, que aún no finalizaban otra obra, usted tomó una enorme pala, se vino casi de madrugada y cavó durante unos tres días en el centro del terreno y dejó listo el sótano; sí, solo, con la única compañía de una pequeña radio a transistores donde escuchaba a full música popular y la publicidad de un locutor gritón.

Creo que usted ya no está con nosotros, querido Veguita, pero ¿quien le saca de las manos la pala de ceniza y antorcha, edificando hogares por alguna madrugada triunfal?

Don José Morales lustraba encima de sus piernas una cobriza guitarra a la que parecía cubrir de romances. Yo iba a buscar el tesoro que le había encargado. "Esta es su guitarra”, me dijo, y los ojos se le iluminaron. ¡Cuántas habría construido con sus manos milagrosas, y sin embargo a cada una le regalaba el brillo de esa mirada cansina, como quien pare un hijo! Don Morales tiene hoy la mirada gastada. Poco ven sus ojos que ayer alumbraban escenarios y hogares. Su hijo le prolonga el alma por suburbios de serenatas paridas en esa esquina detrás del Parque.

Como en un sueño, recuerdo que visitaba a mi madre una señora robusta y joven que decían amamantaba a los niños a los cuales les faltaba la leche materna. No sé si a nosotros nos amamantó, pero aún me fascina esa idea de la madre múltiple, porque dar la leche materna es de algún modo concurrir a la historia de algún niño. Doña Lola -creo así se llamaba- debe andar por las brisas del orgullo reinventando arrumacos con su bondad.

Angelita la aguja tiene en sus manos echas de pájaros. Toma la tela virgen y le hace decir poemas. Allí construye batitas de bebé, ilusiones quinceañeras o atuendos de novia, ella que nunca se casó. La mirada gastada sigue el hilo como un río de sueños, no se queja, ríe con moderación, calla e hila. Un día de octubre nos entregó aquellos saquitos gris perla a los cuales les acomodó una solapa brillante, con los que debutamos en la TV porteña.

Vuelvo a los albañiles. Nada me fascina y emociona más que ver la elevación de un hogar. Juancito Argañaraz construyó mi casa. Le ordenó amor por todos los rincones. Jamás vi alguien con tanta pasión y talento para semejante obra. Todo lo podían sus manos rugosas y su corazón sensible. Hasta para regalarnos obras que no estaban acordadas. Hace unos años, le dediqué unas simples palabras: "Erigió un hogar con sus manos de arena y Zonda. Cuando en marzo frutal, la cunita de la hija pequeña se mecía en olas de otoño; cuando los demás hijos pisaban en alas de niñez los pasillos y aguaitaban el cielo por las nuevas ventanas; cuando la primera Navidad instalaba la palabra sagrada y el rumor familiar en los patios, Juancito Argañaraz sonreía satisfecho en su humilde casita de Chimbas, sabiendo que, una vez más había colaborado con ladrillos y palomas en la consagración del amor".