El terremoto que nos arrasó en el 44 se llevó casi todos los zaguanes, ese sitio a modo de portal de una casa de las zonas urbanas, pequeño espacio emplazado detrás de la puerta principal y antes del acceso a la casa, cercado por una puerta cancel.

El terremoto, esa conmoción que tantas cosas ha desparramado la muerte por el mundo, ha logrado borrar monumentos, moradas y plazas, pero seguramente no ha tenido la virtualidad de derogar historias cimentadas en zaguanes, porque la memoria se edifica en emociones o desaparece, y los zaguanes no atesoran otra cosa que sentimientos enclaustrados. Uno imagina que emplazar en el acceso a una casa un sitio que la anuncie no puede sino erigirse en antesala de la misma vida que espera allá adentro.

Muchos romances han hecho nido allí, cobijados por la intimidad y la pequeñez que en estos casos acerca, invita a compartir escenas y construir cuentos inextinguibles. Los zaguanes son a cielo abierto en los moradas de los arrabales o el campo. Allí, las estrellas son el cielo raso, los pájaros en huida, los piropos o mensajes de amor, las puertas abiertas un convite a la amistad o la compañía que se preanuncia como eterna.

La muchacha extiende por el patio de baldosas blancas y negras el trapo que repasa esas diagonales de tablero de ajedrez. Ha sentido desde su mutismo hecho de ilusiones quinceañeras el golpeteo suave en la puerta cancel. Ruega que nadie más que ella lo haya percibido. Necesita que el encuentro esperado sea personal. Allí está él, tímida palidez de 16, labios entreabiertos buscando las palabras que se le vuelan como hojas presas del temporal. Un silencio de primaveras que se retiran les está apretando el almita, desde donde sólo puede musitarse un ‘¡hola!’. El zaguán aprisionado por dos puertas que se cierran y dos pechos que se vuelan en pulsos de palomas, los cobija. Hasta que una voz conocida lanza un grito que lastima y corta la escena desde adentro, como solía ocurrir con los romances de zaguán.

Un verano de aquellos, cuando la parroquia ha dado las doce con su manotazo de bronce, una guitarra bosteza en la puerta un rasguido lánguido, tímido primero, audaz cuando no le viene respuestas. Un silencio cortante parece un siglo de sombras. El valsecito arranca sobre caricias de tibio romance. El muchacho se aferra a la guitarra como si se abrazara a ella. La voz sentimental le sale a modo de manantial o llanto. La puerta cancel se abre como corazón de niña. Entran y salen pájaros a la antesala iluminada por la luna menguante. El último rasguido es una imploración al cariño esperado. Desde el fondo del zaguán la madre le recomienda a ella que no se demore, que ya es tarde.