Vagamente, recuerdo que la carretela con altoparlante de roncas bocinas casi inaudibles, anunciaba la llegada del kerosenero. Días aquellos de las primeras cocinas con gasificador que había que limpiar permanentemente para que la llama fuera azul, como es el color de la lucha por la vida. Iba de la mano de mi madre hacia el primer día de clase. Escuela "Provincia de Mendoza", del Barrio Rivadavia. Aula mirando a la cordillera. Mis ojos mirando al asombro, mi corazoncito de poquitos años latiendo a mil. Guardapolvito corto, manos raspadas, expectativas, sueños infantiles. Días de los volantines hechos en casa, como todo juego, armados por nuestras manos, con la ayuda de nuestros padres. Entonces los volantines tenían más carga de ensueño, sus piruetas más golpeteos en el pecho, sus caídas a pique más dolor. La vida se construía en etapas verificables, donde las manos eran más poderosas que el magro bolsillo, y donde la obra obtenida poseía más orgullo.
Mi madre me dijo que quedaba en buenas manos. Ella conocía a la maestra, la señora Carelli de Serafini. Primer Grado inferior. Mis manitos impecables tomaron el blanco tintero de loza y lo colocaron con temor en el agujerito de un pupitre con forma de semi corazón, pero el corchito no estaba bien en su lugar, por eso mis primeras manos escolares se mancharon de un azul intenso por donde (al tiempo comprendería) cotidianamente iba amasando el sueño forjador del gran Sarmiento, para ser alguien que poseyera la dignidad de la educación, la seguridad de un futuro menos duro.
Todos los días mis deditos volvían con el estigma de la tinta Pelikán o alguna otra de menor costo; bien porque el tintero no se cerraba correctamente, bien porque la pluma que se había doblado al caer de punta al piso de hormigón alisado, me complicaba su uso.
No es posible expulsar de los oídos la música de los recuerdos. La pista de baile del Club barrial lucía repleta, mientras el maestro Salvador Catanzaro sacaba lustre a su magistral "orquesta típica" (eran las orquestas de tango). Mis padres competían en un concurso de baile, mientras con Hugo saboreábamos un escuálido sánguche de pan francés con una sola feta de mortadela.
País de las fogatas barriales, de las calles enripiadas, del silbido de los afiladores, de los buenos gobiernos y los gobiernos autoritarios; país de golpes de Estado, de las siestas donde nos aseguraban que andaba suelta la Pericana; de la farolera que tropezó, y al pasar por un cuartel (curiosamente) se enamoró de un coronel. Del juego de las escondidas y de la guarapa, del arroz con leche me quiero casar; país donde Tormo y Alberto Castillo eran Gardel; de la humillada solapa de mi padre donde un día lo obligaron (como a todos los empleados públicos) a ponerse la insignia de un presidente de turno. País de mi médula sentimental, país interior.
