En la presentación de cada nuevo libro suyo, Jorge Leónidas Escudero tiene la palabra final, cuando en sencillo y rauco expresar lleva ante el público su particularísimo decir poético, su vertimiento interior hacia el "’qué” y el "’porqué” de los demás, su propio entrañar ofrecido al extrañar ajeno.

Su irrefrenable propensión anhelosa, sus acuciantes devaneos, lo llevaron a la búsqueda de lo inasible, aquello que luego habría de transformarse en intensa necesidad de entrega, acuciante empuje convertido en pasión, trasunto humanizado que inquietó su alma, lo elevó, …y también lo glorificó.

La historia fundamenta anales, fructificándose en personas y acontecimientos; la mitología es fantasiosa imaginación, hechos y personajes nacidos de la creencia pagana, dioses, ninfas, deidades de carácter idolátrico o heróico: Un mundo ilusorio con latencia eterna, que relieva cualidades humanas en portentos nacidos de remotas leyendas.

El enlace entre la realidad y las sagas mitológicas, se produce en un punto único donde la verosimilitud de una vida llevada al ápice de su esplendor, pisa el umbral de los dominios mitológicos, lo toca insensiblemente, lo traspasa, y se interna -mito ya- en ese ámbito de los dioses infieles, cuyo reverbero es el que se refleja en el lado fabuloso de la humanidad.

En derredor nuestro, la mejor pintura de un prototipo mítico asumido la encontramos en Jorge Leónidas Escudero, luminosa presencia plástica encaramada en la cúspide de su pasión poética, apogeo que lo convierte en mito, héroe de sí mismo en sus oníricas acechanzas.

Nuestro gran poeta -filósofo del decir humano- transita su mitológica figura entre nosotros, nos presta su inacabable hacer, se verifica espléndido como hito originario nunca semejado, y sigue cobijándose al amparo de "’su” cordillera, la de los ocultos tesoros, la de las deslumbrantes fantasías que lo llevaron a rozarse con los dioses del Olimpo.

Caballero andante entre la piedra y el corazón humano, hechura de poeta nacida en sempiternas soledades cerriles, nuestro señalado vate sigue volando en regiones donde permanecen aquellos héroes y dioses mitológicos, donde se confunde con ellas, donde se siente en plenitud, sin sujeción y entre pares.

A Escudero lo colmaron cielos montaraces, lo achicaron descampados vientos, lo enervaron ilusorios desvarios, y con ese bagaje, en una fragua de temple propio, cristalizó su verticalidad de hombre y poeta.

Idéntico, con la identidad de su genuina valoración, inmutable en su mismidad, gravita en él la incontrastable luz de su excelencia.

(*) Escritor.