En el plano político internacional se sigue con gran expectativa el referendo para que el pueblo escocés opte por seguir dentro de Gran Bretaña, o Escocia se convierta en una nación independiente luego de 307 años de permanecer en el Reino Unido. El "sí”, o el "no”, a la pregunta: "¿Debería Escocia ser un país independiente?", por la que deben votar casi 4,3 millones de electores en una población de 5,2 millones de habitantes, son cifras significativas para calificar de histórica a la consulta.

La convocatoria, para el jueves próximo, adquiere tanto interés como preocupación que ha movilizado con derecho a voto tanto a los escoceses residentes como a ciudadanos de la Unión Europea, de la Commonwealth (mancomunidad de antiguos territorios británicos) y los expatriados de las Fuerzas Armadas.

En Londres ya se barajan lo que se califica de "consecuencias catastróficas” si el voto favorable a la independencia, que hoy no parece imposible según las últimas encuestas, ubica al primer ministro británico, David Cameron, como el jefe de Gobierno que permitió la escisión de Escocia del Reino Unido, con una pérdida peor que las colonias americanas, en 1776.

Las culpas que ya le endilgan al líder conservador es nada menos que haber permitido avanzar para poner fin a una de las uniones políticas más antiguas y de mayor éxito de la historia, en referencia al Acta de Unión de 1707 entre Inglaterra y Escocia. Se habla de una "decapitación” de Gran Bretaña, que hasta debería cambiar su nombre porque la actual denominación implica los ciudadanos de Inglaterra, Escocia y Gales.

Es más, fue Cameron quien el 15 de octubre de 2012 acordó con el ministro principal escocés, el independentista Alex Salmond, la celebración de este histórico referéndum. Aceptó un calendario a casi dos años vista -que culmina el 18 de este mes-, permitió que la palabra "independencia” figurase en la pregunta de la consulta y prometió que el resultado sería

vinculante. Es decir, les brindó el bandeja la posibilidad de escisión, tal vez pensando en que no llegaría más lejos de un anhelo minoritario.

Sin embargo, en ese lapso creció el nacionalismo, y un 35% de los votantes laboristas escoceses habrían optado por la independencia ante la oportunidad de construir una sociedad más justa.