Del 6 al 8 de agosto del corriente año se realizaron en San Juan las I Jornadas Internacionales "Libertad, Religión y Laicismo en el siglo XXI" organizadas por el Centro de Estudios Raffaella Cimatti. La temática de las jornadas surgió como una necesidad de reflexionar y de dar respuestas a los desafíos de un contexto social y político actual.
En el pasado mes de enero ocurrió un atentado en París perpetrado por fundamentalistas islámicos en contra de un semanario satírico francés. Fue un acontecimiento que despertó en mí innumerables interrogantes: ¿la burla constante a las religiones, las ofensas a lo sagrado para un creyente son manifestaciones de la libertad de expresión? ¿De qué libertad de expresión hablamos cuando todo queda permitido para un grupo, en aquel caso los ciudadanos franceses, pero al mismo tiempo se le prohibe portar velo a las mujeres musulmanas? Y al mismo tiempo, ¿matar en nombre de Dios es la violación de un mandamiento básico y sagrado?
Sucedieron al atentado numerosos ataques, persecuciones y muerte a los cristianos por parte de los jihadistas. En la noche del 13 de noviembre fuimos sorprendidos por la masacre perpetrada en París. El mundo se encuentra todavía convulsionado. Por ello propongo releer las reflexiones que presenté en las mencionadas jornadas y que fueron publicadas en la Revista Estudios Filosóficos Polianos.
Los seres humanos no necesitan más extremismos ideológicos, políticos ni religiosos, ya han sufrido más que suficiente a lo largo de la historia, lo que necesitan es hacer de la paz un objetivo posible y esto sólo se lograra si asumimos la responsabilidad de construir entre todos un mundo más fraterno.
Leonardo Polo afirma que sin Dios la libertad acabaría en la nada. ¿Cómo se conjuga esto con las posiciones laicistas predominantes en muchos gobiernos actuales? ¿Acaso el laicismo equivale a la negación de Dios? Tanto en nombre de la religión como en el del laicismo se mata y se muere hoy en países dominados por grupos fundamentalistas. La realidad impone una reflexión sobre el significado y alcances de su posibilidad.
Puesto que este año el choque entre religión y laicismo fue particularmente cruento, tomaré un filósofo francés para entender los principios que sostienen la argumentación laicista desde su fondo cultural: Henri Pena-Ruiz. Etimológicamente la palabra laicidad proviene del latín laicus basado en el griego laikós, forma derivada de laós que significa "pueblo". De allí su uso primigenio para designar lo relativo al pueblo. Pena-Ruiz aplica esta raíz etimológica para definir laico como el hombre del pueblo al cual ninguna prerrogativa lo distingue ni lo eleva por encima de los demás. Las prerrogativas se refieren tanto a los fieles de una religión como a los ateos. La unidad del laos es simultánea al principio de libertad e igualdad, tan caros a los franceses. La igualdad se funda sobre la libertad de conciencia, ninguna convicción espiritual debe gozar de reconocimiento ni de ventajas materiales o simbólicas cuya detentación sería discriminatoria. De aquí se desprende que, si la libertad de conciencia no puede ser violentada, la adopción de una convicción o confesión será realizada libremente. Del mismo modo, prohibe que una confesión se convierta en norma pública y provea la base de un poder por encima del Estado.
Con estos elementos Pena-Ruiz construye la definición de laicidad: es la afirmación originaria del pueblo como unión de hombres libres e iguales. En nombre de este laicismo, Pena-Ruiz defiende la libertad de conciencia por encima de todo credo. Ninguna jerarquía puede predominar: ni ateos ni creyentes, ni monoteístas ni politeístas, ni librepensadores ni místicos.
Esta es la base que sostiene el laicismo en Francia desde la Revolución de 1789 hasta nuestros días. Sin embargo, la injustificable reacción de los creyentes musulmanes contra el diario satírico Charlie Hebdo respondió a una constante provocación sobre los principios más sagrados del Islam. La sátira practicada como excusa para manifestar de la forma más vulgar afrentas a principios religiosos -no sólo musulmanes- ofreció el terreno fértil para los excesos de grupos fundamentalistas. ¿Y es que acaso podría haber sido de otra manera? ¿Los autores de dichas sátiras respetaban realmente las bases laicistas que dicen defender? Si no guiamos por la definición, la respuesta es no, pues el laicismo se opone también a las manifestaciones de ateísmo.
Vivimos un particular momento histórico que rechaza las etiquetas reduccionistas, por esta misma razón, resulta imprescindible reflexionar sobre nuevas posibilidades de salvaguarda de uno de los dones más preciados conquistados por el hombre: su libertad. La realidad nos pide de modo urgente y clamoroso encontrar caminos para la convivencia pacífica trascendiendo las diferencias políticas y religiosas.
