México ya no es hoy el de las ‘lindas mañanitas”, sino el de los tenebrosos atardeceres, antesala de noches de temible violencia que prodiga el crimen organizado, amparado por la ineficiencia de un Estado que se ve desbordado y se siente fallido. El país no solo está impregnado de violencia, sino sumido en la impunidad. La Justicia es escasa, la seguridad nula y el acostumbramiento a cadáveres mutilados colgando de puentes, ha hecho que muchos prefieran no denunciar, sino postrarse ante el fetiche de la Santa Muerte, la ‘autoridad” más confiable a quien pedirle protección.
En un país pródigo en pecados, donde resaltan los violentos, criminales y corruptos y son finas las líneas que dividen a los ‘Chapo” Guzmán de los Peña Nieto, Francisco se siente a sus anchas. Enfrenta al poder revitalizando aquella de ‘pecadores sí, corruptos no”, avergonzado de los traficantes de inmigrantes de la misma forma que condenó a los mercaderes de refugiados en Lampedusa.
A diferencia de los cinco viajes de Juan Pablo II y del de Benedicto XVI por ciudades más acomodadas, como Guadalajara y Monterrey, Francisco, fiel a su estilo arrabalero de Buenos Aires y rebelde ante alfombras rojas y protocolos, se internó en la corrupta Ecatepec, la narcotizada Michoacán, la violenta Ciudad Juárez y la pobrísima zona de Chiapas, bastión de la inequidad.
Sus reflexiones y duros mensajes se escuchan más allá de México. Sirven para avergonzar a más de uno, especialmente ante el ‘muro de los lamentos”, esa pared que Donald Trump quiere hacer más alta y más larga para atajar a los migrantes, a los que califica sin distinción de drogadictos y violadores. Sus colegas republicanos católicos, como Marco Rubio y Jeb Bush, tratarán de usar las palabras de Francisco como trampolín, aunque la cuesta es demasiado elevada.
Como siempre, cada viaje y cada frase de un Papa es tomado en forma selectiva y acomodaticia según el interlocutor. El presidente Enrique Peña Nieto se vanagloria de haber conseguido su visita, mientras sus opositores las usan para machacar lo poco que el gobierno ha hecho contra la pobreza, la corrupción y el crimen organizado.
Transparencia Internacional tiene a México como un país marcadamente corrupto, grupos de derechos humanos lo definen como el más violento de América latina, con 151.000 asesinatos y 27.000 desaparecidos en la última década, una violencia que no distingue sectores ni género. El Observatorio Nacional del Feminicidio cuenta 1.554 mujeres desaparecidas desde 2005 en el estado de México y la Iglesia Católica, según un informe del Episcopado nacional, estableció que los crímenes y secuestros contra religiosos aumentaron un 275% y que 40 sacerdotes fueron asesinados en los últimos años.
Se critica a Francisco por no atender a los padres de las víctimas de estudiantes incinerados o de niños abusados por el cura Marcial Maciel, una agenda limitada que también tuvo reproches en EEUU cuando no recibió a víctimas de racismo o en Cuba a disidentes, pero en este caso para no desairar a los dictadores Castro.
Pese a toda la política involucrada, este viaje de Francisco parece más pastoral que los anteriores. Delante de él tiene a dos países opuestos: Aquel que es 83% católico, aunque siga perdiendo adeptos que migran a otras religiones; y el otro, que idolatra a la Santa Muerte. A este último, la oveja descarriada, es al que Francisco le recuerda que México es y debe seguir siendo 100% guadalupano.
