Lo primero que debemos aceptar es que la familia es el medio ambiente más importante en el que se desarrolla la persona en toda su plenitud, desde el nacimiento hasta su muerte. Es la responsable de su evolución, tanto desde el punto de vista cultural, como político o social.
En estos tiempos de crisis o de cambios, ¿podemos hablar de la consolidación de la familia?
Para dar una explicación coherente a este interrogante, que hoy nos preocupa tanto, debemos hacer un poco de historia de la familia: A través del tiempo, la familia ha demostrado que tiene una gran capacidad de resistencia, que no desaparecerá. Se encuentra en un periodo de transformación, más rápido en unos países que en otros. Hasta hace 50 años, teníamos en nuestro país la familia tradicional, en la cual se reunían tres generaciones bajo un mismo techo y en la que se compartía todo. A medida que avanza el tiempo, la familia moderna tiene menos hijos y se va limitando. Las funciones que antiguamente cumplía (educación, cultura) han pasado a manos del Estado; la mujer, que representa el centro de la vida doméstica, hoy debe salir a trabajar como profesional o empleada.
En nuestros días advertimos, en algunos casos, la ausencia del progenitor en los problemas que afectan a los hijos. Por ejemplo, cuando un niño ha sido detenido por alguna causa, el Tribunal de Menores cita a sus padres para interiorizarlos de la situación. Quien concurre habitualmente es la madre. El padre no lo hace por temor a las recriminaciones que el Juez pueda hacerle por el descuido de su hijo.
La familia completa no es garantía suficiente para opinar fundadamente que los hijos van a caminar por la buena senda; se deben agregar otros ingredientes como amor, comprensión, ambiente de familia. Pero no tenemos duda que la falta de uno de los padres, influye considerablemente en el futuro de los hijos. La experiencia nos señala que en la mayoría de los casos que llegan al Juzgado de Menores, los chicos provienen de familias incompletas, por falta sobre todo del hombre que hizo abandono del hogar. Los casos de fuga de niños del hogar, son consecuencia inmediata de una mala relación con sus progenitores o con el padrastro.
El amor de los padres hacia sus hijos es de vital importancia. De allí que cuando el chico no lo tiene, se vuelve contra su familia y la sociedad. Odia a sus educadores, porque representan el orden y la autoridad; valores que se encuentran desprestigiados en su propio grupo primario.
Al no encontrar la tranquilidad y el afecto, el adolescente busca otros canales donde encontrarlos, recurriendo a los amigos con problemas semejantes y muchas veces termina en la droga o en el delito, en la violencia y agresividad al sentir que todo el mundo está contra él.
Nuestra sociedad occidental no ha pensado aún un modelo mejor de procreación, de educación y de convivencia que la familia. No obstante, algunos observadores acusan que tras el agudizado declive de la vieja y rigurosa "patria potestad”. estamos asistiendo al reino del filiarcado o paidocracia o tiranía de los hijos; es decir, que se ha pasado del rigor en la educación a la blandura excesiva.
Los conceptos de familia que tradicionalmente se habían tenido van cambiando, pues están afectados por un sinnúmero de factores que tienen gran influencia en toda la sociedad. Espinas sociales como la droga y la pornografía, invaden el mundo de nuestros hijos que junto a nuevos planteamientos culturales, parecen ir dirigidos siniestramente contra la familia.
Así como en el organismo la destrucción a ritmo incontrolable de las células constituye una de las más terribles enfermedades, para la sociedad el deterioro y la destrucción de la célula primaria que es la familia, se convierte en un cáncer que arruina todos los valores sobre los que se apoyan moral y éticamente los fundamentos de la sociedad y del Estado.
A pesar de los agoreros que anuncian la destrucción de la familia, ésta renace permanentemente sobreviviendo al mayor número de calamidades posibles, para garantizar el verdadero amor, la seguridad de mutuos servicios desinteresados, la comunicación de identidad y el diálogo sincero.
Tenemos que comenzar ya a poner los oportunos remedios si queremos que el mañana sea mejor para nuestros hijos, porque "el futuro de la sociedad se fragua en la familia”, como nos recuerda Juan Pablo II.
