No hay otra. Para elegir a un ex guerrillero como presidente de la Nación hay que tener demasiada confianza en la salud institucional, o estar realmente loco.
Y no parecen los uruguayos estar pasando algún padecimiento por la falta de hileras de ladrillos, con la consagración de José Pepe Mujica como la máxima jerarquía del país. Más bien lo contrario: la naturalidad con la que se asumen los giros del destino no hace más que descubrir la impotencia ajena.
Mujica, más un protectorado que un liderazgo, es hoy un reaseguro más que un riego. Vueltas de la vida, ni sus 15 años detenido durante su militancia en la ultraizquierda de Tupamaros, ni su vida rutinaria de chacarero minorista en las afueras de Montevideo, ni su imagen diametralmente alejada de la prolijidad de saco y corbata para su jerarquía, ni la visión férrea de su esposa y futura primera dama, tan militante de aquellos años como él, han conseguido nublar la vista de más de la mitad de los compatriotas que el fin de semana pasada lo prefirieron.
Hay dos maneras de entender el asunto. Desde la conversión, pecado invocado por el romanticismo fundamentalista que riega aún algunas aguas continentales, o desde la razonabilidad de apartarse de los dogmas ajados de décadas atrás.
Habló Mujica del porvenir como orientador de las acciones cotidianas. Que no implica falta de memoria ni pase a archivo de principios, pero que le marca sin medias tintas el lugar hacia donde mirar: "Yo prefiero lo que está por venir, porque si no, la vida no tiene sentido".
Para él, como lo fue para Tabaré, entre ese porvenir está Botnia. Esa factoría descomunal sobre el río compartido con Argentina que en aquella orilla funciona desde hace dos años y que provee buena parte de la actividad económica de una región postrada del país, y que en esta orilla exhibe también gente sin trabajo en los alrededores de la sojera Gualeguaychú, pero puentes cortados por reclamos ambientales.
No le hace demasiada gracia ni a Mujica ni a toda la dirigencia de izquierda eso de andar reivindicando a las moles industriales que configuran el opuesto exacto a la vida privada bucólica del mismísimo Mujica. Pero tiene bien claro que su obligación es supervisar los parámetros ambientales y defender estas radicaciones, ya sean multinacionales, gringos, o macacos los que ofrezcan trabajo bien pago a los uruguayos.
Y es ése el secreto de su éxito. El Frente Amplio de donde provienen Mujica y Tabaré ha conseguido entregar resultados de gestión, por eso la gente volvió a preferirlos. Desde que dejaron las armas y consiguieron conquistar el municipio de Montevideo, registraron una gran valoración por su gestión.
Luego en la presidencia, Uruguay alcanzó el flujo récord de inversiones extranjeras no especulativas -en un país que también alberga la especulación en su secreto bancario-, llegó a coquetear con el investment grade con el que Wall Street premia a las economías más confiables como Brasil y Chile -también motorizadas por gobiernos de izquierda- y defiende a rajatabla la radicación de capitales así sean fineses como los de Botnia o españoles como Ence, la otra papelera en polémica con Argentina que se reorientó en el Río de la Plata. Con el dinero, montaron el aparato social más conmovedor de la región: cada alumno del primario tiene su propia computadora portátil que puede llevar a su casa. Todos.
Medio Ambiente en conflicto con el progreso, el mismo dilema que enfrenta Argentina con la irrupción de la minería, pero asumida por los ex guerrilleros uruguayos con una madurez digna de envidia. Ante la tozudez argentina -cada vez menos tozuda ante el paso de las evidencias-, el gobierno frenteamplista puso el cuerpo por la pastera aún si eso significaba pelearse con su entonces socio regional, Néstor Kirchner.
Y vació de contenido una relación de hermandad de décadas, ante lo que consideran un sacrilegio: que sin ninguna prueba de contaminación, les bloquearan el país y una fuente de empleo y actividad económica. Pero lo más importante fue la conducta ciudadana: para la gente, también el funcionamiento de la pastera es importante y por lo tanto también lo es su defensa. No hubo margen en las últimas elecciones para que algún candidato sacara los pies del plato y objetara a la principal empresa extranjera en el país.
Todos con el casco puesto, incluido el nuevo presidente. Que luego de ser electo redobló la apuesta, habló de sus amores con Argentina en el mismo tono desconcertado con que había descalificado a los políticos de este país en un libro previo, y se atajó hacia el futuro.
Lo que le ocurre a Mujica es que tendrá su bautismo como presidente con el fallo de La Haya por Botnia, que se espera para el primer trimestre del año próximo. Y que será seguramente favorable a la continuidad de la pastera, con algún posible bálsamo para la posición nacional.
El chico (Uruguay) con el grande (Argentina), entonces, ahora dedicado a una tarea de contención. A tratar de hacer entender que denunciar contaminación y pedir la anulación de un proyecto industrial a gran escala es un asunto delicado, que hay que saber acatar los fallos internacionales, que las medidas patoteras como cortar el acceso por puentes a un país no se hacen y que los discursos inflamados de prejuicios llevan a la irracionalidad y son intolerables hasta en boca de ellos mismos, provenientes de la lucha armada. Además de un monumental desperdicio de oportunidades.
Abrió el paraguas Pepe Mujica ante la primera misión resignada de argentinos proponiéndole paz por Botnia. Y admitió que "va a haber problemas con el fallo". Trascendió el envío de un emisario argentino, junto a la réplica de Mujica: "Argentina no será exportadora de madera en bruto. Tendrá que industrializar y deberá abrir fábricas como la de Botnia". Nuevamente, el progreso y la generación de riqueza por encima de los fantasmas.
Es que así son los uruguayos, prácticos y razonables. Capaces de no sentir rubor si en la búsqueda de mejores socios comerciales aparece la posibilidad de un tratado de libre comercio de EEUU -como hizo Chile- y eso significa romper el Mercosur. Por eso, redoblar la apuesta con la llegada de quien alguna vez imaginó asaltar el poder por las armas no les supone un suicidio: ellos son capaces de subirse todos a un mismo barco.
A un río de distancia, ancho con el de la Plata pero sólo un río al fin, las cosas muestran la tonalidad absurdamente opuesta. La izquierda radical sigue soñando con llegar a los palazos, no obtiene más del 1,5% en las urnas como el MST de Vilma Ripoll pero igual impone condiciones en la calle. El resto mira el desfile de estos dueños de los únicos derechos con valor, el del reclamo.
Sobrevuela el sentido pecaminoso entre la dirigencia política de cualquier color de defender empresas que generen actividad y empleo, sean mineras, petroleras, pasteras o chocolatineras. Miedo a vaya saber qué, miedo al fin. No vendría mal mirar para la otra orilla, donde vive Pepe el guerrillero. Y permitirse sentir algo de envidia.

