Con la mirada lejana Juan recuerda otros tiempos; el nacimiento de su hijo Pablo: rizas, llantos, alegrías, balbuceos. Sus primeros pasos, vacilantes, inquietos, movedizos, recorrían la casa rodeadas por patios apretados de sol. Una sombra de inquietud en su soledad de nostalgia, evocaba las manos cariñosas de su esposa.
Pablito no comprendía, por qué en su quinto cumpleaños no podía tener una bicicleta, no sabía que en el fondo de un bolsillo gastado, se movían sólo algunas monedas.
Padre e hijo salen muy temprano, los acompaña una fresca y luminosa mañana pintada con hojas otoñales, convirtiendo el parque en un concierto de metal dorado. La brisa suave se levanta sobre el follaje, teñido de silvestres flores fallecientes.
Un juego de a dos, saltando, corriendo, sorteando canteros, los árboles quietos los miran al pasar.
En un día tranquilo e indefenso en medio de los anuncios comerciales: volantines, cometas, o cualquier cosa que se le pareciera, mostraban su colorido; rojos, amarillos, vedes, grandes o chicos, triangular o cuadrados.
Las manos del niño se aferraron con las de su papá. Sus ojos recorrían aquellos estandartes de colores que se movían alucinantes; sobraron las palabras -¡Cómprame uno!
En lo alto como guiñándoles, entre subidas y bajadas se movía el colorido volantín. Un alegre tropel saltaba en el pecho en una locura sin sentido. ¿Cerca de mamá? -Preguntó el niño.
Papeles exangües se cargan de diamantes en un cielo azulado; con una fuerza interior, se eleva más y más: ¿Busca a mamá?
Se quedó sin respuesta, mientras tanto el pobre allá arriba, paralelamente, verticalmente, se resiste en un episodio de lo desconocido, en forma de zig-zag, aterriza entre las copas de los árboles.
¿Se encuentra con mamá? -preguntó tímidamente el niño.
Hay un canto roto, una mirada húmeda, un silencio que marcha a lo lejos.
Recuerdos dormidos, entre la luz umbrosa que perdura transitando caminos. Con los hombros cansinos, sin edad y sin tiempo, acortando distancia, quedó quebrado el juego.
Sólo un recuerdo intacto; esa frontera del tiempo de encumbrar volantines, con piolas y zapatillas gastadas, pero con los mismos sueños.
Silenciosamente en los caminos del hombre, se ha ido la vida lejos.
Refugiado ente las manos pequeñas, cual aleteos descubre la parte nueva de otros sentimientos; el amor entre padre e hijo, el placer de un mismo juego, mientras allá en lo alto quedan papeles con ecos.
Caía el sol, fragante los envolvió en un canto sonoro.
