Finalizaba el ardiente verano de 1932, en Rincón Cercado, departamento 9 de Julio. El sol empinaba los rayos hacia el este, por las montañas de Pie de Palo y llegaban a desdibujar las últimas sombras. Entonces el brioso caballo, con su ojo izquierdo velado por una nube blanca, se veía como un endemoniado por la huella bordeada de jumes y pájarobobos, tirando un sulky de capota negra.
Era obstinado y arisco y se había acostumbrado a las anteojeras, con las que el gringo evitaba que se espantara con las culebras que se cruzaban entre los matorrales. Cuando arrancaban, chasqueaba el látigo en el aire pues nunca se atrevió a castigarlo y de un trote inicial pasaba a un galope parejito. Finalmente sentado en el pescante de madera, el joven tano bamboleaba sus ágiles espaldas esquivando los baches de los atajos. Todos los lunes, muy temprano, Gregorio iba al encuentro de la maestra recorriendo cinco kilómetros, hasta el "Puente de Piedra", parada de la línea l7; allí terminaba la calle enripiada y continuaba la vía polvorienta. En este lugar, lo esperaba la señorita Luisa Aguiar, la primera maestra de la escuelita de campo "Procesa Sarmiento de Lenoir". Ésta fue fundada el 9 de mayo de l932 por la entonces Directora General de Escuelas la profesora Carmen Peñalosa de Varese y se inauguró en la humilde casa de Gregorio Rombolá, quien fue uno de los pioneros de esta escuela junto con su hermano Francisco. En la humilde casona de adobes, con techo de palos y cañas y piso de tierra, con precarias habitaciones, fue recibida la primera educadora, Luisa Aguiar, que fue respetada por toda la familia y muy querida después por sus alumnos. Esta agraciada joven dormía en el aula, calentada en los días de invierno con un rústico brasero de leña. El mejor desayuno era para ella: leche recién ordeñada y pan casero. En el almuerzo y la cena mi madre le servía un plato preferencial a pesar de las indigencias de la familia. Era un huésped de honor y de orgullo para la familia: pues una maestra, en aquella época despertaba sentimientos de admiración, obediencia y afecto. Ella permanecía con nosotros una semana; todos los viernes emprendía el regreso hacia la ciudad, en el fiel sulky, que hacía volar el ardoroso caballo.
Desde muy lejos, caminando por estrechos caminos entre espinas y salitrales, llegaban a la escuelita niños humildísimos que ennoblecieron la escuelita de campo. Allí adquirieron las primeras letras y supieron de valores como: respeto a los símbolos, a los mayores, amor al estudio y al trabajo. En los recreos, aprendieron de su maravillosa maestra rondas y juegos que no conocían: la pájara pinta, el rescate, el tejo, el pasará, la farolera que despertaban la imaginación y creatividad de los humildes niños. Una pequeña campana de hierro, sujeta con un cordel a uno de los palos del patio, derramaba sus sones en las mañanas diáfanas del verano y en las destempladas tardes de invierno. Al finalizar el año escolar, las veladas atraían a los familiares, fieles espectadores de las representaciones de sus hijos en cuadros artísticos de canto, poesía y baile, en los que no faltaba la música interpretada por un tío con mandolina, traída de la lejana Italia. En estas celebraciones, todo era respetado: los pequeños artistas, los improvisados músicos, el escenario tosco de madera, construido por los hombres de la casa, la maestra excelente y los orgullosos padres. Recuerdos maravillosos de otros tiempos, vividos en la lejana niñez y en esa escuela rural, ejemplo de profundos sentimientos de Patria.
Hoy es una moderna escuela, cuyos alumnos dedicados al estudio, son ejemplo de la educación impartida en sus aulas. Muchos de ellos son descendientes de aquellos primeros y valientes alumnos de la escuelita rural, siempre alerta a todo impulso de progreso de la Patria, teniendo como ejemplo la figura genial de Domingo Faustino Sarmiento y la de su hermana Procesa Sarmiento de Lenoir, figura relevante de la sociedad sanjuanina en la docencia y en el arte de mediados y fines del siglo XIX.
