Todos los días nos topamos con el mal. Sin embargo, de tanto en tanto se hace presente de manera brutal y nos reclama toda la atención. Los crímenes sexuales consumados por eclesiásticos católicos llenan las páginas de los diarios porque no son un mal común, sino un verdadero escándalo. De quienes se esperaba cuidado y protección, cientos de niños han recibido violencia y prepotencia.
¿Cómo es razonable reaccionar ante una situación así? Los medios de comunicación plantean esta pregunta fundamental como trasfondo de todas las noticias. No cabe ninguna moral relativista ante estos acontecimientos extremos.
Es posible que haya consenso en que lo primero es atender a las víctimas. Ofrecerles contención, aceptar los errores y pedirles perdón. Eso es lo que Benedicto XVI hizo cada vez que tuvo la oportunidad. Sorprendió por la contundencia y claridad de sus declaraciones en Estados Unidos, y luego repitió el mismo comportamiento en Australia. Recientemente, ha escrito una tremenda carta que se leyó en todas las iglesias de Irlanda, que fue publicada por todos los diarios del mundo. Allí reconoce crudamente ante los fieles que "se cometieron graves errores de juicio y hubo fallos de gobierno. Todo esto ha socavado gravemente vuestra credibilidad y eficacia" (Carta a los fieles de Irlanda, 19-III-2010, n. 11).
Pedir perdón es un gran gesto de humanidad y, para ser francos, es menos frecuente de lo que sería deseable. Si bien el esfuerzo de las personas debe estar en hacer el bien, la experiencia cotidiana de la propia limitación lleva a que pedir perdón sea parte esencial del empeño por vivir honestamente.
A lo largo de la historia, el rostro de la Iglesia se ha presentado con luces y sombras. El elemento divino y el elemento humano se entremezclan de manera misteriosa y la Santa Iglesia no siempre ha conseguido que todos sus hijos sean santos. Sin embargo, no debe olvidarse que la Iglesia está sostenida por Jesucristo: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia".
Benedicto XVI no ha esquivado el bulto a un problema que acarrea más de cincuenta años y que tiene causas variadas y complejas. Los vaticanistas reconocen de manera unánime su disposición para combatirlo.
Cinco años han pasado desde aquel 19 de abril de 2005, cuando la fumata bianca anunciaba la elección del nuevo Papa. En esos momentos, vivía en Roma y había tenido la oportunidad de tratar al entonces Cardenal Ratzinger en algunas ocasiones. Siempre me llamó especialmente la atención su capacidad de preocuparse por cada uno de sus interlocutores y su serena cordialidad. Pienso que estas características de su persona se manifiestan en el pontificado.
En estos años, hemos visto como Benedicto XVI ha querido proponer un cristianismo centrado en lo espiritual, en la fe y la caridad. Un cristianismo respetuoso del poder civil y dispuesto a dialogar con todas las culturas. Hemos visto un Benedicto XVI que ha sabido rectificar y aclarar sus opiniones, siempre de manera serena y positiva, incluso cuando fue víctima de agresiones injustificadas.
Ojalá hubiera en este mundo más personas como Benedicto XVI: dispuestas a proponer antes que a criticar, a sugerir antes que a mandar, a pedir perdón y perdonar, antes que a acusar y maltratar.
