A los efectos de contribuir a dar solución, a una serie de inconvenientes que golpean fuertemente algunos de los aspectos económicos y sociales que perturban al País, se viene alentando en el ámbito político nacional, un fuerte predicamento relacionado con la Responsabilidad Social Empresaria (RSE).
La RSE definida como una contribución activa y voluntaria de las empresas, al mejoramiento social, económico y ambiental con el objeto de mejorar su situación competitividad, va mucho más allá del cumplimiento de normas. Engloba un conjunto de prácticas, estrategias y sistemas de gestión empresariales que persiguen un nuevo equilibrio entre las dimensiones económica, social y ambiental donde destacan particularmente: el interés por la sostenibilidad; el espíritu de cooperación; los compromisos de transparencia frente a la sociedad y, la necesidad de conciliar la eficacia empresarial con el apoyo a la comunidad y la Justicia Distributiva.
La RSE pese a representar un concepto relativamente nuevo, ha permitido incorporar el concepto de Responsabilidad Social Voluntaria (RSV), tras la idea de facilitar la inserción de las empresas en las comunidades que las albergan, situación que se recrea en el escenario de un mundo globalizado donde adicionalmente, los mercados resultan ser cada vez más exigentes y los países requieren con mayor urgencia, ir trasparentando sus problemas socio-económicos y sociales.
La vieja fábula de la mariposa que mueve sus alas en Nueva York y provoca una tempestad en Beijing (China) comienza a hacerse realidad, porque todos dependemos de los otros y todos los otros, dependen de nosotros, y esto, no solo desde un nutrido intercambio comercial y cultural, sino que desde la urgente necesidad de recrear la existencia de condiciones óptimas de vida en nuestros países.
En este contexto ¿Es posible hablar de RSE desde y para nuestros países Latinoamericanos?. Si bien el mundo entero manifiesta que el fin de la pobreza solo se logra fomentando la creación y generación de riqueza desde los esfuerzos empresarios públicos o privados, éste representa un dictamen que choca día a día con nuestra realidad latinoamericana.
En América Latina el tema de la pobreza siempre ha asumido rasgos críticos, porque a pesar de que posee todos los recursos que necesita para erradicar el flagelo de su pobreza, miseria y postergación, paradójicamente, nunca ha sido capaz de encontrar las formas para definir cómo hacerlo y menos aún, para encontrar las salidas que permitan su despegue. Y si bien ha pasado por diversos escenarios de industrialización definidos por un orden mundial y, de capitalización sectorial que han servido para formular teorías económicas muchas veces nefastas como ocurrió con la Década del "90. Latinoamérica adolece claramente, de una cultura sobre la importancia que reviste su "responsabilidad individual y colectiva”, que es la que más importa y trasciende.
La tesis del crecimiento económico y de empleos estables que ha sido impulsada como base para programar acciones capaces de vencer la pobreza, ha permitido concluir cualquiera sea la situación considerada: que el Estado es y seguirá siendo el actor fundamental en la solución de los problemas; que debido a la burocratización y corrupción existentes todo aquello que rodea sociopolíticamente a una empresa resultan ser más trabas y problemas que oportunidades para su desarrollo y, que el resultado de la RSE todavía es muy magro para otorgarle peso e importancia.
Por estas razones y porque el Estado no lo ha estipulado a través de su legislación o a través de sanciones administrativas, una buena parte de las empresas ha ido conformando una especie de imaginario cultural, que no contribuye a consolidar el concepto de Responsabilidad Social por la falta de reglas claras o, por la existencia de ambientes poco transparentes, corruptos o corrompidos.
Es decir, si el Estado "no coacciona” al sector empresarial, la responsabilidad social se torna en algo así como un espacio para el "si la caridad lo permite”, de forma que ante este panorama la RSE tiende a transformarse en un mero Modelo de "Dádiva, compensación o de contribución económica” y no como sería deseable, en un universo conceptual que permita dar soluciones integrales a los problemas de pobreza reinantes.
La RSE no es una lucha entre empresas y otros grupos de interés, es una visión integradora que constituye en sí misma, una ventaja sostenible que genera mayor competitividad empresarial.
La RSE, no representa sólo la búsqueda de mayor productividad, sino que la búsqueda de mayor bienestar social para la comunidad. Simón Zadek manifestaba "Los negocios inteligentes son un ingrediente esencial de la competitividad responsable, pero se requiere también, de políticas públicas de Estados inteligentes y, un compromiso mayor de la sociedad civil a través de iniciativas de colaboración, que inclinen a los mercados en favor de los negocios responsables”.
(*) Ingeniero en Minas.
