La empatía (del griego "’emocionado”) es la capacidad cognitiva de percibir, en un contexto común, lo que otro individuo puede sentir. Si la inteligencia como sistema puede incluir sus habilidades relacionadas en el contacto de un individuo con el resto de los seres, es posible que el hombre aprenda a comprender el Universo identificándose con él sin perder su identidad, pues la entidad psíquica no puede terminar aniquilada desapareciendo o eliminándose, pero si convertirse de acuerdo a su propia ley de evolución específica. Para quienes quieran profundizar en el conocimiento y fundamento de la existencia a partir de sus vivencias e indiferencias del mundo extraje un texto alentador que proporcione certezas sobre el fin de la vida en el Universo del Capítulo VI "’Los principios de conservación de la energía y del trabajo derivados de la Ley de Armonía”, escrito por el Prof. Manuel Núñez Regueiro en su "’Anterosofía Racional” de 1926 desde la perspectiva de la ciencia Filosofía (pag. 198-200, Año 1926).

"’La concepción entrópica de un Universo que se degrada, en virtud de la ley dada por Thomson, según la cual "’en todas las operaciones naturales la entropía aumenta inevitablemente, es decir, "’la entropía del Universo tiende hacia un máximum”, presentándose así el aspecto trágico y final de un mundo donde por haber pasado la energía degradada a un estado de energía disipada "’no sucederá ya nada” (véase W. Ostwald "’La Energía”) no es, pues, racionalmente verdadera. Lo que según la física creemos que se disipa, no es sino una simple transformación de una energía en otra, de una energía de un orden superior en otra de un orden inferior, un cambio de forma únicamente, sin perderse absolutamente nada, aunque esa nueva forma de energía no podamos conocerla o prácticamente aprovecharla; pero ella existe y por eso la llamamos energía X, o energía Omega, por ocupar el último peldaño de la serie energética. El Universo no puede detener su trabajo en un mundo donde nada podría suceder; es decir, eso sería aniquilamiento definitivo de la sustancia que llena el real-espacial, significaría una contradicción con la ley de la evolución de la vida y de la forma, contra la ley del progreso universal e infinito; pues fatalmente tendría el mundo que envejecer y morir; pero morir en este caso no sería transformarse, sino ir a la nada, pues sólo en la nada puede admitirse que nada sucede. Nuestra proposición nos da la ley del trabajo en la continuidad del mundo de la vida, diciéndonos: que "’nada se pierde; todo se transforma en el mundo biológico”. Esta ley es tan evidente como la anterior. Ya dijimos que si de la nada no sale nada, ninguna cosa que existe puede concluir haciéndose nada. Vimos que la concepción entrópica del Universo supone a la larga el nihilismo cósmico o el nirvanismo perfecto del no-ser, el aniquilamiento, la fatal evolución del ser hacia la nada; lo cual hace de nuestra vida una desgracia o tragedia, de nuestra realidad una comedia de dolor, consiguientemente, librados a una existencia sin ensueño, sin optimismo ni esperanza”.

En consonancia con Nuñez Regueiro, cuando desarrollamos la Teoría de la "’energía biointencional” sostuvimos que… "’El principio de la intencionalidad adquiere hoy el principal motivo que da razón no sólo al hombre, sino que permite analógicamente incursionar por la razón de Dios. De todas formas, algo de "’dios”, también tiene el hombre. Esta intencional forma de concebir y sostener no sólo el origen del Universo, sino también, la continuidad de la existencia del alma y otros tantos planteos relativos a la vida toman su fundamento en la "’energía biointencional” un nuevo tipo de energía que vincula el porqué de la intención de Dios, con el porqué de la intención del hombre y la existencia del universo, materia de estudio y de reciente producción. En esta posición, no sólo en el espacio cósmico, el Universo tiene cabida sino que como ser existente Dios mismo, pues en definitiva la posibilidad de descubrir está en el hombre, no en Dios. Este es el propósito, este el designio”. Por lo tanto, la intención, afecta la energía misma y por consiguiente a la materia. El carácter intencional es el que gravita de manera estable y permanente como una constante, es como su similar de la ley de gravitación universal, la propia ley de la creación por la cual el Creador Dios hizo partícipe al hombre y el que puede negar, afirmar, conocer o desconocer de propia voluntad y con sus propios postulados.

(*) Autor de la Disciplina Artística Integrada. Filósofo, pedagogo, escritor.