La Noche Buena comenzaba a poner puntales en el aire tibio de la nochecita sanjuanina. Las casas adoptaban un rostro diferente, ya iluminadas a la espera de las próximas ansiadas galas de las "’doce”, cuando todos nos habríamos de sentir más parecidos al prójimo, más cerca de Dios. Los aromas de la gran fiesta ya correteaban por la calle Santa Fe. La humilde casita de ventanas pequeñas, edificada por las manos de mi abuelo (que no era albañil), luego de que el terremoto del 44 la dejara revolcada por el polvo, estaba expectante. Seguramente jamás olvidaré la doble entrada; una, la principal, que daba a un estar pequeño donde en los inviernos nos reuníamos a acariciar quimeras; la otra, la habitual, cercada por madreselvas y jazmines de lluvia, recostada al patio del Este. En éste, al fondo casi, el horno. Si es un ritual encender el fuego para el asado y mirarnos profundo en sus candelas hasta que el aroma de la carne llegue al cielo, tanto o más es preparar el horno de barro para las empanadas.

En mis ojos de niño, hasta hoy inviolados, incólumes gracias a aquella edad, crujen en la enorme asadera las manos entrelazadas, doradas de la masa con repulgue; nadan en arroyos ambarinos las criollas exponentes de la humildad y el calor familiar; y me devuelve al tiempo dorado esa fragancia inconfundible que felizmente no puedo expulsar de mis mejores recuerdos, a la que me aferro para atesorar la inocencia como un juguete dorado.

La larga y rústica mesa espera la Noche Sagrada. Mi abuelo está parado al pie del cañón. Empuña la pala como prolongación de su alma. Prepara la batalla dulce de los prontos abrazos, mientras mira el fuego con un gesto que hasta hoy no puedo descifrar, seguramente porque sólo a él le corresponde, porque sólo él comprende qué pasa por esa cabeza agraciada de crónicas y sobresaltos, que el calendario duro y su trabajo de foguista han forjado y encanecido. Mi abuela se seca las manos de azúcar en el delantal floreado por donde se le escurre el corazón hasta la falda. Mi madre piensa, creo yo, porque la veo con la cabeza gacha como escudriñando las baldosas del patio familiar. El humo sube en escaleras azules a buscar a Dios entre el amor, la incomprensión y los besos perdidos.

Él ha dicho alguna vez que las "’doce” es una hora buena en una noche buena. Estoy un poco triste, y no sé si siento eso hoy o aquella nochecita en que esperábamos los abrazos y las añoranzas con el almita niña. No importa, las empanadas ya están listas, es la hora de juntar el viento de las horas en las ventanas, y llorar un poco.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.