Denominamos emblemas de identidad a las construcciones humanas acerca de un referente histórico, cultural o significativo de una comunidad. Son los que representan a estados, naciones y países ante otros estados para ser reconocidos. Se formulan a partir de representaciones visuales o verbales que procuran difundir los valores de la historia o de los personajes célebres del país. Son muy importantes porque conjugan valores, historia, sentimiento, identidad y pertenencia a un país o incluso a un grupo determinado. Hay incluso, quienes piensan que formulan la continuidad, patrimonio y la herencia cultural de los pueblos a través del tiempo. Son simple y llanamente los símbolos patrios.

Respecto a éstos, y particularmente en nuestro país, puede decirse que es importante desde el presente remontarse a sus orígenes, para tomar conciencia de que ellos, acunan en su esencia el verdadero sentimiento celeste y blanco, que distingue y une al pueblo argentino desde el momento mismo de su existencia.

Nuestros símbolos patrios, se originaron porque los fundadores de nuestra nacionalidad sintieron la necesidad de crearlos, para buscar después y con acierto que la educación sistemática inculcara adhesión y respeto hacia ellos, sobre todo en tiempos en que la gran afluencia de inmigrantes obligaba a intensificar una pedagogía de los sentimientos patrióticos. La institución escolar supo hacerlo plenamente…

Sin embargo, hoy se advierte que en ocasiones un vacío recorre la significación de los símbolos patrios en la vida cotidiana y que está en crisis el valor de identidad y continuidad histórica que marca el pasado y los elementos fundadores de la Nación. En las últimas décadas del siglo, a medida que el hombre se ha ido inclinando hacia concepciones menos idealizadas y más pragmáticas de la realidad social y humana, se produjo un notable debilitamiento de la resonancia emocional que despiertan los símbolos patrios. La Bandera, la Escarapela, el Escudo y el Himno Nacional han ido perdiendo presencia en la cotidianeidad y han reducido su poder de convocatoria. La gente se ha ido alejando en un momento y otro de la significación de los elementos fundadores de la Patria.

Curiosa y simultáneamente, crecieron la atracción y la ostentación de otros símbolos y otras exteriorizaciones, vinculados con manifestaciones masivas: el fútbol, por ejemplo, canaliza -en ocasiones- el fervor patriótico de vastos sectores de la población y da motivo a un gran despliegue de divisas con los colores nacionales, así como a encendidos cánticos alusivos.

Se han buscado explicaciones para la declinación de los símbolos nacionales clásicos. Es decir, para fundamentar este cambio en las actitudes de la sociedad. Se han mencionado causas minúsculas -como el posible efecto negativo causado por el corrimiento de las celebraciones de los feriados patrios- y causas mayúsculas, como la incidencia de los cambios institucionales y políticos impuestos por la globalización. También se ha aludido a la fatiga derivada de la manipulación abusiva de los símbolos por dirigentes que los han usado para encubrir objetivos mezquinos. Vale citar, por la apropiación que hicieron de los símbolos nacionales distintos regímenes políticos elitistas o autoritarios, a lo largo de la historia del país, o por quienes pregonan los valores patrióticos pero que no defienden los intereses nacionales.

Lo cierto, es que la atracción de los símbolos patrios ha disminuido en comparación con lo que fue habitual hasta hace dos generaciones. Se ven menos banderas, se canta con menos entusiasmo, hay menos orgullo en exhibir las escarapelas durante los días patrios.

Ante esta situación, es conveniente recordar que los símbolos entrañan algo más que contenidos conceptuales, ellos expresan de manera concentrada en términos de pura emoción una realidad difícil de aprehender por la razón, vinculada con la calidad moral de ciertas conductas y con el espíritu de fusión o unión de grupos y personas que se sienten hijos de una misma patria. Los valores que los símbolos encarnan resumen la esencia de los sentimientos nacionales y son determinantes de identidad y pertenencia en sentido individual y colectivo.

No se trata de exacerbar los sentimientos nacionales hasta llegar a alimentar xenofobias. De lo que se trata es de evitar que los auténticos símbolos sean reemplazados por otros, menores y enajenantes, tendientes a la incitación del fanatismo y la violencia.