En la vida siempre hay que elegir. Y en la política más aún: uno elige entre varias opciones y debe saber que cualquiera de ellas tiene consecuencias. Para arriba y para abajo, se gana algo y se pierde algo, todo a la vez. El secreto de un buen elector es siempre inclinarse por las opciones que brindan más aportes que pérdidas.
Hubo en las elecciones del domingo varios casos de decisiones bajo la lupa:
– Eligió Kirchner las candidaturas testimoniales, pensando que el poder de tracción de los intendentes del conurbano y la figura valorada de Daniel Scioli pesarían más que la berretada de presentar candidatos que de antemano se sabía que no asumirían. Se equivocó por lejos y fueron todos al incinerador.
– Eligió Gioja a Daniel Tomas como candidato a diputado, cuando todos los sondeos daban a Sergio Uñac como el mejor posicionado. Pensó que pesaría más el hecho de no hacer retirar a un intendente de su departamento, como lo estaba haciendo Ibarra en Rawson, y que ese sería un factor importante en la campaña. No lo fue, ni siquiera fue utilizado como herramienta para pedir el voto. Y se perdió unos cuantos puntos porcentuales que no sólo hubieran mejorado su performance en medio de la hoguera en que cayó el kirchnerismo, sino que el combo hubiera sido perfecto: tercer diputado y golpe de efecto hacia ahora su principal opositor y flamante diputado por apenas milésimas: Mauricio Ibarra.
– Eligió Elisa Carrió ubicarse tercera en la lista del Acuerdo Cívico y Social de Capital, pensando que la pérdida de quedar relegada quedaría compensada por la irrupción de gente nueva, como el economista Prat Gay. Optó por guardarse de una posible confrontación con Gabriela Michetti y ante una eventual derrota, pero su lista se desbarrancó al tercer lugar y ella quedó en el pelotón secundario de los presidenciales.
– Eligió Mauricio Macri sacar a Gabriela Michetti como vicejefa para candidata a diputada. Los dos platos de la balanza le ofrecieron el lado tentador de la buena imagen de la ahora diputada y el del desprecio por un cargo público abandonado a la mitad. Ganó éste último: sacó apenas más del 31%, 15 puntos menos que cuando fueron electos (los 60% habían sido en el ballotage), y en la legislatura porteña perdió un legislador y quedó muy lejos del objetivo del quórum propio.
– Eligió la gente, con alguna que otra paradoja. El gran fantasma de la campaña había sido el de las estatizaciones al estilo Hugo Chávez, y la gran sorpresa de la elección fue un dirigente reivindicado a los cuatro vientos como chavista: Pino Solanas. Lo más asombroso es que cosechó un cuarto de los votos en el electorado más dilecto del país, y presumiblemente más promercado porque es allí donde se concentran las sedes centrales de bancos, multinacionales, petroleras o mineras: la Capital Federal.
Ahora, con el resultado en las pizarras, hubo que volver a elegir.
Eligió Cristina en su primer gesto post electoral no registrar el resultado de las urnas. Dio mil rodeos en esa sorpresiva conferencia de prensa -segunda en toda la gestión- hasta que consiguió mezclar alguna palabra mágica: "felicitaciones", "nos equivocamos".
No fue suficiente porque entendió que semejante bofetada en el distrito donde se postuló su esposo y en el que gobernaron durante dos décadas -Santa Cruz- no la obliga a un cambio de gabinete ("no está escrito"). O a un relanzamiento en sus modales. Entregó la cabeza de Jaime, pero a todas luces parece insuficiente: allí sigue, por ahora, Moreno, frenando como un dique a los factores económicos.
Eligió seguir entrampada en sus graves problemas de comunicación. Fue triste contemplar cómo los periodistas de los medios más importantes del país amontonaron preguntas en la conferencia de prensa, sencillamente porque es la única vez en años que disponen de la posibilidad. No comprendió Cristina que no dar entrevistas ni hablar con los medios no sanciona a los medios, sino a la gente. Y a ellos mismos en términos políticos, cuando la gente se queda con el discurso opositor porque es el único que hay. Pudieron comprobarlo el domingo.
Eligió Néstor borrarse del mapa pejotista sin dar margen a que se lo pidieran. Pero pareció equivocar el modo: puso a Scioli, perdedor como él en Buenos Aires aunque con menor responsabilidad, y se sabe que el que pierde no conduce. Sus llamados a la diáspora peronista fueron simpáticos pero insustanciosos. Deberá entregar el timón, antes de un nuevo sofocón.
Eligió también Gioja, atragantado por la paradoja de haber hecho una elección histórica y superando por 10 puntos a su anterior comicio legislativo, pero quedarse a un puñado de votos de meter los tres diputados, como había conseguido aquella vez.
Y su primera elección también fue a pérdida. Sin datos sólidos planteó la duda de la consagración de Ibarra, y aquella vuelta olímpica del domingo asegurando tener a los tres diputados se convirtió en un boomerang porque le dio razones a Ibarra para resaltar el único contorno rescatable de una elección bien pálida: haber llegado al Congreso.
Fue seguramente la bronca de ver en segundo plano el contraste de su gran elección de más de 56% contra casi el 19% de la fuerza ibarrista que había llegado con objetivos de un 25% de mínima. O de quedarse a una tormenta (¿le hubiera alcanzado con que votaran los 1.200 trabajadores de Veladero que no pudieron bajar por el viento?) de dejar germinar a la oposición más fuerte que tenga enfrente. Siempre, la bronca es mala consejera.
Eligió Gioja también salir a jugar en el plano nacional, pero haciendo uso de su condición de tiempista frente al temperamento desbocado de su colega Das Neves, tan gobernador, tan ganador y tan presidenciable como el sanjuanino. Pero los tiempos son distintos. Mientras el chubutense decidió salirle al hígado al kirchnerismo y contratar toda la estática porteña para poner su foto, Gioja prefirió el paso a paso como buen hincha de Racing.
El sanjuanino eligió desprenderse del influjo K, pero a cuentagotas. Orejeando la mano sobre el corrimiento del gobierno nacional, especialmente el de las nuevas sociedades. Insinuó Cristina alguna alianza en temas puntuales con los sectores más identificados a la izquierda, como Solanas y Sabatella. Sin necesidad de algún pacto, con alguien deberá contar para llegar al quórum que le falta, y ella misma habló de los que la criticaron por no cambiar demasiado. Es Solanas el portavoz de la antiminería y estará en el Congreso. El alivio es que Santa Cruz ocupa, junto a San Juan y Catamarca, el podio de la actividad.
La relación con el gobierno nacional fue siempre el diferencial de la gestión de Gioja, y la realidad es que hoy el gobierno nacional es otro. Con las mismas personas, pero más débil, más permeable. Lo que más atemoriza de esa realidad es el ritmo de las obras, que son la locomotora de la gestión de Gioja y dependen exclusivamente del auxilio nacional.
Los nubarrones no sólo aparecen por el futuro de los funcionarios con los que ya hay un camino consolidado, como De Vido o López, que quedaron en la cuerda floja. También por la expectativa de un ajuste de gastos, que siempre ponen sus ojos en la obra pública.
En ese plano deberá desenvolverse Gioja y combinarlos con la variable política de este sube y baja. Al fin, de eso se trata esto de elegir.
