Vino un día, como de golpe, como del viento. Golpeó la vieja puerta con nudillos de rosas, y ésta se abrió como si estuviera esperándolo. "Ando buscando a una mujer que me dejó hace quince años", dijo con una mirada empantanada de brillos. La mujer que lo atendió le respondió que no conocía a la persona que buscaba. Él no se inmutó. La miró hasta el fondo de su índole y le dijo despacito que si se lo permitía le contaba su breve historia.
Ya adentro, comenzó por el final: que venía casi de la muerte por el abandono de la mujer que amaba. Que aquella noche dejó la luz prendida y se largó, casi sombra, casi huella por los arrabales de la ciudad. Que entró al primer bar que encontró, por allá por la zona del gran zanjón, donde pensó seriamente tirarse para cortar de cuajo la pena. Que lloró y lloró como un siglo, esa noche espesa. Que cuando supo que ella tenía nuevo amor y ésa era la razón del abandono, se propuso comprenderla; pero eso no bastó; el amor no se conforma con la razón, es fuego y espiga, espada y aventura, su única razón es amar, sentimiento indomable a lo reflexivo.
Ella lo invitó a sentarse. Le indicó una silla que parecía descolada de pesadumbres. Le ofreció un trago de vino triste que tenía sobre el mesón antiguo, y él lo aceptó, aunque no sorbió nada. Afuera, un perro sombrío se quejaba lento en clave de luna menguante. Desde un rincón, un gato blanco lo miraba fijo, amistoso y hasta parece que él comenzó a quererlo.
Le aseguró que en esa casa que visitaba vivía (años ha) la mujer que amó y perdiera. Que ella bien podría darle algún rastro para hallarla. La mujer lo miró con ojos de lluvia; o sea, una mirada luminosa pero triste. Le dijo que nada podía hacer por él; que el tiempo había borrado toda huella, porque la ausencia forzosa es un látigo que ofende y destruye. Que lo entendía, que lo compadecía, pero nada más que esto.
Él tanteó la desolación lamiéndole la sombra. Palpó grillos muertos en el alma. Era demasiado, saber que había encontrado la mujer que lo abandonara y que ella le volvía a cerrar el camino. Inclinó la cabeza derrotada y tomó un sorbo de espesa incomprensión. Le tembló su poco cielo. Así estaba en dolores y derrumbes, cuando ella se acercó y le puso una mano sobre el hombro, como un puente verde de esos que podrían inaugurar álamos. Podía el gesto significar la apertura de una senda, recuperar emociones y compañía. A lo mejor, nadie podía saberlo, ni ellos. Pero él se quitó el pesado saco gris y lo colocó sobre la silla triste, que pareció recuperar al aliento.
