Es un hecho que nuestro país afronta una gran cantidad de acontecimientos negativos que hoy sacuden a la sociedad argentina. Discriminación; xenofobia (xeno=extranjero, extraño; fobia=odio); acoso laboral y estudiantil y muchos otros.

Cualquier motivo es válido para hacer surgir furiosamente la parte más oscura de la naturaleza humana. Conductores de vehículos que discuten por un hecho accidental y que termina cuando uno de ellos mata a su ocasional oponente. Enorme cantidad de casos de femicidios. Robos violentos para apropiarse de un par de zapatillas. Asesinatos producidos asestando decenas de puñaladas. Madres desnaturalizadas que matan a sus bebés a golpes. Jóvenes que vejan sin piedad a un compañero. La lista es larga.

Viene a mi memoria un poema del poeta cubano Nicolás Guillén titulado "No sé por qué piensas tú”: "No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo, si somos la misma cosa, tú y yo… Me duele que a veces tú, te olvides de quién soy yo, caramba si yo soy tú, lo mismo que tú eres yo”. Todo el poema indica que el valor del otro es mi propio valor señalando, por contraste, el gran problema de nuestra época: el desconocer el valor de la vida del otro, del próximo.

Muchos de estos actos entran en un campo más amplio, que es el de la discriminación. Agredir, avergonzar, castigar, perseguir a alguien por ser gordo, flaco, alto, bajo, de piel blanca, negra, de religión judía, musulmana o cristiana son claros actos de discriminación, penados en nuestro país por la Ley 23.592, que en su artículo 3 expresa: "Será reprimido con prisión de 6 meses a 5 años quien cometiere actos de violencia contra otra persona o grupo de personas en razón de su raza, etnia, linaje, religión, nacionalidad, idioma, nacimiento, sexo, color, ideología, opinión política o gremial, posición económica, condición social, caracteres físicos o discapacidad.”

Con relación a la discriminación decía un editorial de DIARIO DE CUYO de años atrás: "Queda claro pues que, excluyendo y menospreciando no se puede construir o consolidar sociedad alguna. …El principio de la segregación aparece en el lenguaje, a través del que se sitúa al "otro” como alguien diferente del "nosotros”; se lo menoscaba y se sigue por denegarle sus derechos. "así somos la misma cosa, tú, yo…” "Educar en el respeto de la dignidad de toda persona es la condición esencial para que una sociedad crezca en igualdad.”

Surgen aquí dos preguntas inevitables, una referida a las sanciones y la otra al ejemplo como valor educativo. Con respecto a lo primero: ¿Es conveniente aplicar sanciones? ¿Forman las sanciones parte de la educación? Mi respuesta a ambas es afirmativa. La educación social contempla las sanciones, y lo vemos cuando se hacen campañas de educación vial, ya sea para respetar semáforos o combatir los excesos de velocidad o cualquier otra posible infracción. Primero se hace una campaña de esclarecimiento para instruir acerca de cuáles son los riesgos de las situaciones que se desea evitar, y a partir de cierta fecha se aplican multas, detenciones etc. Las sanciones forman parte de la educación.

Con relación a dar el ejemplo: ¿es cierto que el ejemplo que damos a otros es suficiente para educar? Los ejemplos, tanto positivos como negativos, inciden profundamente en la formación de las personas, y no en vano se dice que por el fruto se conoce el árbol. Así, en un hogar puede haber toda clase de virtudes originadas en ejemplos positivos, pero, ¿esos buenos ejemplos son garantía de buenos resultados? No. Muchas personas habrán experimentado en sus diferentes ámbitos de acción -familiares, barriales, laborales, institucionales-, que el buen ejemplo no siempre es suficiente. Necesita de una tierra fértil para germinar.

La situación se agrava considerablemente cuando niños y jóvenes beben de fuentes espirituales envenenadas. Es difícil que de un hogar discriminador surjan hijos tolerantes y respetuosos de la diversidad social. De un padre corrupto, alcohólico o haragán es posible que haya hijos que lo imiten. A ello se agrega la exaltación de toda clase de desvalores en programas televisivos o redes sociales. Y los procesos, bueno y malo, se repiten en la escuela, el barrio, la sociedad toda.

Resulta difícil referirse a este tema. ¡Hay tanto positivo por hacer! ¡Hay tantas personas que necesitan ayuda, ya sea material o espiritual! Y nos encontramos aquí hablando de los peores males sociales. Quiera Dios que, aunando voluntades, logremos reencauzar los comportamientos sociales negativos y transformarlos en fuente de progreso, solidaridad y tolerancia. Es un compromiso que ninguno de nosotros debería eludir.

(*) Especialista en Docencia Universitaria. Miembro de la CD de la Sociedad Israelita de San Juan.