Todos los días pasan demasiadas cosas incomprensibles en nuestro país como para que la gente se quede tranquila. Y pasan tanto en la órbita de la política como en la de la justicia, son hechos que se transfieren a través de la prensa -como debe ser- al país que de verdad se preocupa.

En realidad … ¿cómo se vive…? Se vive escuchando cosas grandilocuentes, afirmaciones que no son reales. Se manejan números inexistentes, en momentos en que los ciudadanos defienden sus ingresos peso a peso.

Y estos hechos -como otros- han pasado las fronteras generando opiniones preocupantes aquí y en otros lugares.

Hay dos realidades: la del discurso oficial y la que el argentino vive día a día. Imposible hacer una síntesis de ambas porque ambas no responden a la realidad vigente. Esa imposibilidad es la que crea incertidumbres.

Muchos ciudadanos de todo el país no comprenden al gobierno nacional y sus actuaciones, no entienden algunas afirmaciones de los Kirchner a través de los medios públicos y no saben qué esperar del futuro.

Más, no es fácil incorporar a la vida de la gente afirmaciones ofensivas para uno u otro sector y muchos menos una especie de amenazas encubiertas. La gente sabe -aunque la oposición no presente todavía un frente creíble- que hay argentinos capaces de gobernar en momentos difíciles como estos.

Por supuesto que quieren saber a dónde fue la plata, las asignaciones oficiales que se utilizaron para hechos diferentes a los expresados en las cuentas públicas. Nadie quiere que su contribución al Estado -impuestos y otras obligaciones- se pierdan en cuentas ajenas a las que se habían dispuesto inicialmente.

El exceso de palabras hace que el discurso pierda efecto. Por lo general, el discurso sirve para identificar a quienes usan la tribuna y para otros fines. Se vive un momento en que la palabra no es sagrada y el compromiso público tampoco. A partir de allí todo es confuso.

Deudas públicas. No se ha cumplido, por ejemplo, con el campo, ni con las jubilaciones y se ha sacado dinero impiadosamente de la Anses. Se oponen precisamente al 82% móvil porque ya no sería posible sacar dinero de la Anses para otros fines.

La gente común observa en silencio y con indignación. Y no olvida que en uno de sus primeros discursos como presidente CFK al hablar de la clase media dijo… "esa clase volátil”.

¡Cómo se equivocó! Es la clase que constituyó y construyó el país, a la que se dirigió Sarmiento para confiar la educación y la salud cuando la Argentina era enormes extensiones desiertas. Pero, cierto, hoy habría que tener la lucidez de Sarmiento y su honorabilidad con respecto al manejo del Estado.

Un país que tiene un referente como Sarmiento -y otros muchos hombres honorables- en su historia activa no va a caer por una o dos malas administraciones porque la esencia de la historia estás viva con toda su pujanza.

La historia nos abraza aunque en estos momentos aquejen algunas preocupaciones serias a los ciudadanos, pero ello no hará decaer ni sus posibilidades económicas ni sus expectativas sociales, la Argentina no es sólo un país grande por su extensión sino también un gran país.

Pero hay fe, una fe cimentada en posprincipios republicanos y custodiada por actos que tienen que ver con el respeto a los valores ciudadanos.

Dijo el gran novelista alemán Thomas Mann que…"la fe en valores absolutos, por ilusoria que sea, me parece una necesidad vital…”.

Y el hombre necesita de ella a cada rato tanto en épocas de paz como en épocas de guerra, tanto en soledad como en compañía, tanto en la lejanía como en la experiencia de la vida cotidiana.

La fe no siempre es mensurable y el hombre no siempre la percibe en su vida diaria porque ella está incorporada como un principio vital, como un valor presente en cada momento y en todo lugar.

Y es la justicia en toda su dimensión la que alimenta la fe en la vida presente y futura y la que configura la mejor imagen del hombre en sociedad. Sin el contexto de la justicia la vida se complicaría indescifrablemente.

Lo justo ha de ser como un objetivo irrenunciable, como una meta permanente y sumar fuerzas a ello un hecho común aunque se necesite de un algún sacrificio personal en bien de todo lo esperado.

Nadie puede renunciar al futuro y nadie puede dejar de poner en él lo mejor de sí mismo. Y esto más que un deseo es un propósito.