Según el filósofo alemán Peter Sloterdijk, la izquierda fue siempre un banco mundial de la ira. Todos los resentimientos y las indignaciones iban a parar a ese segmento político-social. Desde el anarquismo de Bakunin hasta el estalinismo o el maoísmo.

Pero ahora el panorama occidental ha cambiando. No hay revoluciones. Hay "indignados” que incluso paulatinamente ganan elecciones, como se puede visualizar en Madrid y Barcelona en estos días.

El peligro de un potente banco de ira organizada y cruel hoy lo representa -más que otros- Boko Haram, un grupo terrorista yihadista que asesina indistintamente a cristianos y a musulmanes. Aunque el terrorismo atacó Francia a principios de año -recordemos la tragedia de los periodistas de "Charlie Hebdó”- y otras latitudes de Europa, el grueso de las agresiones se da en Irak, Siria, Yemen y Nigeria.

En el caso de este último país, de los 166 millones de habitantes de Nigeria, la mitad son cristianos. Incluso su actual Presidente, así como en el Camerún limítrofe, también es cristiano. En uno de los videos más recientes de Boko Haram, aparece el líder Shekau obligando al cristiano Paul Biya, Presidente de Camerún, a convertirse al Islam si quiere librar a su país y a su familia del azote de la violencia. Aunque ese grupo terrorista nació en 2002, su ofensiva letal se ha hecho presente a nivel global a partir de 2009. Desde entonces ha asesinado a más de 13.000 personas, 10.000 de ellas el año pasado. Nada digamos del éxodo de los lugareños, calculado ya en cientos de miles.

Estamos asistiendo a verdaderas masacres de cristianos en Medio Oriente. Cristianos en absoluta minoría e indefensos. No nos puede dejar iguales. Desde que Boko Haram actúa, no han dejado de cometer atrocidades. Como yihadistas sufistas que son, odian a los infieles en general, sean cristianos, animistas o seguidores de cualquier otra religión. Todo lo que sea "anterior” o "fuera” de la cultura generada por el profeta Mahoma, no posee valor. Por eso atacan los museos y hace poco mostraron al mundo la destrucción de imágenes milenarias del museo de Mosul. Claro que destruyen las copias, porque las auténticas, las venden a buen precio en el mercado negro de las obras artísticas de antigüedad.

Pero la prioridad última de su activismo es combatir lo que entienden son desviaciones dentro del Islam. Ello implica coaccionar o incluso asesinar, a no pocos musulmanes suníes como ellos, y también a seguidores del Shiísmo, que en el caso de un país como Nigeria son un total del casi 10% de su población. En Camerún, el pasado 4 de febrero, acabaron con la vida de cien personas en la localidad de Fotokol, y luego los terroristas entraron a tres mezquitas y en una de ellas, mataron a 31 fieles cuyo único "pecado” era estar allí, rezando. A los sufíes, más tolerantes y proclives al diálogo, los fustigan sin cesar. Eliminan sus líderes y cabezas e imponen nuevos maestros del terror. Más detalles de estas crueldades lo podemos encontrar en el número monográfico nº 1397 de la revista jesuita española "Fe y razón” de marzo de este año.

Como dice Marcos Aguinis en su artículo de La Nación del pasado 8 de mayo dedicado al tema islámico: ahora los cristianos son perseguidos y decapitados en Medio Oriente. Los que más suerte tienen, consiguen escapar. ¿Quién hubiera imaginado un siglo atrás que hoy, el lugar más seguro para los cristianos sea el Estado de Israel?.

En Europa hay más de 20 millones de musulmanes que conviven pacíficamente. Van a sus trabajos y arman sus familias y amistades con toda tranquilidad. Hay buena convivencia con otras religiones. Pero pequeños grupos se fanatizan, como expresión de un fundamentalismo decadente y violento. Quiera Dios ponga las cosas en su lugar y las Naciones Unidas oigan el clamor del papa Francisco, que se hace voz de los que sufren y son víctimas de la violencia intolerante. No dejemos de rezar por ellos. Ninguna religión que se precie de auténtica, puede favorecer el terror, que en el fondo es una opción por el nihilismo, la nada misma.