En su mensaje, con motivo de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, a realizarse el 20 de mayo, Benedicto XVI ha centrado su escrito en el valor del silencio y la escucha en la comunicación humana. Nos encontramos en la "contracultura del ruido”: el silencio se ha convertido en un bien escaso, costoso y poco apreciado. El desafío al que invita el pontífice es el de integrar "silencio y palabra” como elementos integrantes y necesarios en la actual cultura mediática.
La comunicación moderna está saturada de verborragia. En los innumerables debates sobre cualquier tema, los participantes elevan el tono de sus expresiones para tomar la palabra; la fragmentación del discurso es patente, y la síntesis final es difícil de hacer o no interesa.
Como dice el Papa: "El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida”. El cruce de opiniones debe estar motivado por la búsqueda de la verdad y ello exige el silencio para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de ecosistema que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos. El silencio es concentración, inmersión en sí mismo, unificación de todos los niveles del ser, porque desde la dispersión de la propia persona no se puede decir nada que valga la pena. Hay un silencio vacío que dice ignorancia, aburrimiento, apatía, miedo, cobardía. Y hay un silencio fecundo que proclama presencia, apertura, paz, maduración y espera. De ahí brota la verdadera comunicación.
El silencio no es sólo callar. No es pasividad, ni indiferencia o ausencia. No es un sedante psicológico. Para descubrir su riqueza es necesario saber callar, escuchar, dejar que resuene interiormente la palabra escuchada o leída, o la fascinante imagen visual.
Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas, pero a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado y a necesidades que no siente.
El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos. Sólo en el silencio previo, se fragua la palabra fecunda e indispensable en el arte de la comunicación.
